Cartas y sermones de San Vicente Ferrer

ANTOLOGÍA DE TEXTOS.

CARTAS Y SERMONES DE SAN VICENTE FERRER

Carta al Maestro de la Orden de Frailes Predicadores

 

(Traducción de A.Esponera Cerdán sobre la edición crítica publicada por P.-B.Hodel en Mirificus Praedicator. À l’occasion du Sixième Centenaire du passage de Saint Vicent Ferrir en pays romand. Actes du Colloque d’Estavayer-le-Lac. 7-9 octobre 2004. Roma 2006, 200-203)

 

Al Reverendísimo Padre en Cristo, fray Juan de Puinoix, Maestro General de la Orden de Predicadores.

 

Reverendísimo Maestro y Padre:

 

A causa de las innumerables ocupaciones que he tenido, me ha sido imposible escribir a Vuestra Reverencia como correspondía. Pues, verdaderamente, desde que salí de Romans hasta este mismo momento he tenido que predicar diariamente a las gentes que acudían de todas partes. Y con muchísima frecuencia he tenido que predicar dos veces al día y, en ocasiones, hasta tres y además celebrar solemnemente la Misa cantada. Por todo ello apenas me queda tiempo para viajar, comer, dormir y otros menesteres. Es más, me veo obligado a preparar mis sermones mientras voy de camino. Con todo eso, porque la falta de escribir no se me impute como negligencia o poco aprecio, he procurado ir hurtando algún tiempo a lo largo de muchos días, semanas y meses, entre tantas ocupaciones, para por lo menos escribiros brevemente del camino que he hecho.

 

Sepa, pues, Vuestra Paternidad Reverendísima cómo después que salí de Romans, donde me dejó, estuve tres meses más en el Delfinado predicando la Palabra de Dios por aquellas ciudades, fortalezas y villas en las que aún no había estado. Visité principalmente aquellos tres famosos valles de herejes de la diócesis de Embrum, llamados Lucerna, Argentina y Val Pura, antes impura. Ya los había visitado dos o tres veces, cuando, por la gracia de Dios, con devoción y veneración grande recibieron la doctrina de la verdad católica. Pero para confirmarlos más en la fe y darles consuelo, les quise visitar nuevamente.

 

Hecho esto, rogado e instado por muchos, tanto de palabra como por escrito, pasé a Lombardía, donde por espacio de un año y un mes prediqué continuamente en todas las ciudades, villas y fortalezas de vuestra obediencia y aún en otros, como en los territorios del marqués de Monferrato ante sus instancias y ruegos, así como de los suyos. En estas regiones ultramontanas hallé varios valles de herejes, tanto valdenses como perversos cátaros, principalmente en la diócesis de Turín, cuyas regiones visité una a una por su orden, predicando en cada una la fe y la doctrina de la verdad católica y refutando sus errores. Y por la misericordia de Dios recibieron la verdad de la fe muy de corazón y con gran devoción y reverencia, cooperando el Señor y confirmando mi predicación.

 

La causa principal que hallé en ellos de sus herejías y errores era la falta de predicación. Pues supe con certeza de aquellos moradores que en treinta años nadie les había predicado, a no ser los herejes valdenses de Puglia que tenían por costumbre visitarles dos veces al año. Por eso considerad, Reverendísimo Maestro, cuánta sea la culpa de los Prelados de la Iglesia y de otros, a quienes por su oficio o profesión incumbe predicarles y prefieren más bien quedarse en las grandes ciudades y villas, permaneciendo en hermosas habitaciones, con sus deleites. Y entre tanto las almas, por cuya salvación murió Cristo, perecen por falta de pasto espiritual, no hallándose quien parta el pan a los pequeñuelos. La mies es mucha, pero los obreros pocos, y así ruego al dueño de le mies, que envíe obreros a su mies.

 

Puedo señalarle que cierto Obispo de los herejes, que encontré en uno de aquellos valles, llamado Loforio, quiso hablar en secreto conmigo y se convirtió. También de las escuelas de los valdenses que hallé y destruí en Val d’Angrogne; también, de los herejes cátaros de Val del Ponte, cómo se convirtieron de sus abominaciones; también, de los herejes del Val de Lanzo, o de Quino, donde se refugiaron los que mataron al Beato Pedro Mártir [de Ruffía], cómo se portaron tan bien conmigo. Así mismo de cómo se apaciguaron los bandos de Güelfos y Gibelinos, de la confederación y paz general en aquellas regiones, y de otras innumerables cosas que el Señor se ha dignado obrar para gloria suya y bien de las almas, que callo ahora, pero en todo sea bendito Dios.

 

Transcurridos trece meses continuos en Lombardía, hace ya como cinco meses que entré en Saboya, a repetidas instancias de los prelados y señores del lugar, siendo recibido con gran afecto. He visitado ya cuatro diócesis, esto es: la de Aosta, la de Tarantaise, la de Saint Jean Maurienne y la de Grenoble, con muchos territorios en Saboya. Las he recorrido predicando en las ciudades, villas y fortalezas, dedicándoles más o menos tiempo según me parecía necesario, y ahora me hallo en la diócesis de Ginebra.

 

En estas partes, entre otras cosas enormes que encontré fue un error muy extendido; y era que cada año, al otro día del Corpus Christi, hacían fiesta solemne teniendo cofradías con el nombre de San Oriente. Me dijeron nuestros frailes, y los Franciscanos y otros religiosos y también los curas, que no se atrevían ya a predicar o decir algo contra este error por miedo, porque los amenazaban de muerte, y les substraían las ofrendas y las limosnas. Ahora contra este error insisto principalmente, predicado cada día cooperando el Señor y confirmando mi predicación, y así se va extirpando eficazmente, y acuden doloridas las gentes, oyendo que tan enormemente habían errado en la fe. Cuando por la gracia de Dios próximamente se haya extirpado este error, entraré en la diócesis de Lausana, en donde comúnmente y de modo manifiesto adoran al sol como a Dios, sobre todo los rústicos, ofreciéndole de mañana reverentemente sus oraciones y adorándolo. Pues el mismo Obispo de Lausana vino tras dos o tres jornadas de camino, y humildemente me pidió de corazón que visitase su diócesis, donde hay muchos valles de herejes, especialmente en los confines de Alemania y Saboya, y le prometí que iría. He sabido que los herejes de aquellos valles son demasiado temerarios y atrevidos, pero confiado de la acostumbrada misericordia de Dios, tengo intención de estar allí y predicar esta próxima Cuaresma. Como fuere la voluntad del cielo, así se haga.

 

Mi compañero fray Antonio, y yo con él, nos encomendamos humildemente a Vuestra Paternidad Reverendísima, a quien el hijo de la Virgen conserve aún mucho tiempo para ejemplo y custodia de la santa regular observancia. Amén.

 

Por último firmo con mi mano en el lugar señalado en la ciudad de Ginebra, a diez y siete de diciembre, año de mil cuatrocientos y tres.

 

Inútil siervo de Cristo y humilde hijo vuestro

Fray Vicente, predicador.

 

 

 

Del Tratado de la Vida Espiritual

(Traducción de A.Robles Sierra publicada en su Obras y escritos de San Vicente Ferrer. Valencia 1996, 301-346)

 

 

Del estudio

Nadie, por más agudo entendimiento que tenga, debe omitir aquello que le pueda mover a devoción. Es más, todo lo que lee o estudia debe proyectarlo en Cristo, dialogando con El y pidiéndole la inteligencia.

Muchas veces, mientras está estudiando, debe apartar durante un cierto tiempo los ojos del libro y, cerrándolos, esconderse en las llagas de Cristo, y de nuevo volver al libro. Y también frecuentemente debe levantarse de la mesa y, en la celda, dobladas las rodillas, dirigir a Dios alguna breve y encendida oración. O también salir de la celda y pasear por la iglesia, el claustro o el capítulo, dejándose llevar por el impulso del Espíritu. Y, a veces con oración expresa, o callada, implorar el divino auxilio con gemidos y suspiros desde el corazón ferviente, presentando al Altísimo sus buenos propósitos y deseos, reclamando para ello el auxilio de los santos.

Este ejercicio a veces se hace sin salmos y sin ninguna otra oración vocal, aunque a veces ha nacido de ellos, o de algún versículo de un salmo, o de un pasaje de la Sagrada Escritura, o de la vida de algún santo, o también por inspiración íntima de Dios, hallado por el propio deseo o pensamiento.

Pasado este fervor de espíritu, que ordinariamente dura poco, puedes traer a la memoria lo que antes estudiabas en la celda, y entonces se te dará una más clara inteligencia. Hecho lo cual, vuelve otra vez al estudio o a la lección, y de nuevo a la oración, y así has de ir alternando. Pues en esta alternancia hallarás mayor devoción en la oración y una inteligencia más clara en el estudio.

Este fervor en la devoción, después del estudio de la lección, aunque indiferentemente llega en cualquier hora, según se digna otorgarlo, como le place, Aquel que suavemente dispone todas las cosas, sin embargo regularmente suele venir más fuerte después de los Maitines. Por tanto, a primeras horas de la noche vela poco para que, después de Maitines, puedas ocupar todo el tiempo en el estudio y en la oración.

 

Del modo de predicar y confesar

En las predicaciones y exhortaciones uso un lenguaje sencillo; y en cuanto puedo un estilo familiar para señalar hechos concretos insistiendo con ejemplos, para que cualquier pecador que tenga aquel pecado se sienta aludido como si predicara sólo para él. Pero de tal manera que parezca que las palabras proceden no de un corazón soberbio o indignado, sino más bien de entrañas de caridad y de piedad paterna, como de un padre que se duele de ver pecar a sus hijos, o que están en una grave enfermedad, o caídos en una sima profunda y se esfuerza en sacarlos y los ayuda a liberarse, como una madre; o como quien se alegra de su aprovechamiento y de la gloria que les espera en el Paraíso. Este modo de predicar suele ser provechoso a los oyentes, mientras que hablar abstractamente sobre virtudes y vicios, mueve poco a los que escuchan. Asimismo, en las confesiones, ya alientes a los pusilánimes, ya atemorices a los endurecidos, muestra siempre entrañas de caridad, para que el pecador sienta siempre que tus palabras proceden de la pura caridad. Por tanto, a las palabras punzantes precedan siempre palabras llenas de dulzura y de caridad. Tú, pues, quien quiera que seas, que deseas ser útil a las almas de tus prójimos, primero de todo recurre a Dios de todo corazón y suplícale siempre en tus oraciones que se digne infundir en ti aquella caridad, compendio de todas las virtudes, por la que puedas llevar a cabo lo que deseas.

 

 

 

De un sermón sobre el Apóstol San Pablo

(Traducción de V. Forcada Comins del publicado en SANCTI VINCENTI FERRARII, Opera Omnia. T.III. Rocabertí ed., Valencia 1695, 319-327)

 

Pablo cumplió mejor que nadie el mandato que Cristo dio a sus Apóstoles poco antes de subir a los cielos: Id por el mundo universo y predicad el Evangelio a toda criatura (Mc 16,15). En esta frase evangélica hay tres cláusulas que indican a los predicadores el programa que deben seguir.

Primera: Id por el mundo universo. Pues si el sol estuviera quieto en un lugar, no daría calor a todo el mundo: una parte se quemaría y la otra estaría fría. El sol recorre todo el mundo, iluminando, calentando y haciendo germinar y fructificar. Del mismo modo, los buenos religiosos de vida apostólica deben ir por todo el mundo. Tengan cuidado, no se lo impida el afán de comodidad. Vayan por el mundo entero: iluminando en la fe católica, calentando en la caridad y haciendo fructificar en las obras de misericordia. Cuanto más delicado y excelente es un manjar, tanto más ha de ser removido en la olla, para que no se adhiera a sus paredes. Así también, si alguien es delicado en la devoción y excelente en la ciencia y estimable por su predicación, es necesario que se traslade de un lugar a otro y así no se adherirá, porque si recibe familiaridad de alguna hija espiritual o de algunas otras personas, perderá la devoción y pensará: Ya que he de permanecer aquí, necesito una celda, o un granero para guardar el grano, el vino, etc. De este modo, por las familiaridades se pegará a la olla y se quemará, pues el amor que debía poner en Dios lo pone en las creaturas. Mas cuando la predicación le obliga a trasladarse, no recoge dinero ni cosas semejantes pues llevaría la muerte consigo ya que los salteadores caerán sobre él; ni adquiere familiaridades ni se preocupa de graneros. Por eso dice: Id por el mundo universo. Oseas dice de modo figurado: Efraím es como torta a la que no se dio vuelta, Los extraños devoran su sustancia sin que él se dé cuenta; ya tiene canas, sin que él lo haya advertido (Os 7,8).

Dice Efraím, es decir, persona alta y crecida, persona que crece en ciencia, devoción o excelente predicación. Dice que es como torta entre las cenizas, a la que no se dio vuelta: por una parte está quemada y por la otra está cruda. Así le ocurre a la persona que tiene una vida excelente y no cambia de lugar: se enfría en el amor de Dios y se quema en el del mundo. ¿Qué sigue?: Los extraños devoran su sustancia. Tenía un puesto en la mesa de Dios y comenzó a abandonar al Señor, perdió la devoción y las lágrimas de compunción y, poco a poco, fue hundiéndose en la tierra. Y con esto respondo a una pregunta: ¿por qué los religiosos se cambian cada año de convento en convento? Porque es necesario removerlos con el báculo del prelado, como a manjares delicados, para que no se adhieran a la tierra adquiriendo familiaridades.

La segunda cláusula de la frase evangélica dice: Predicad el Evangelio. No dice que prediquemos a Ovidio, Virgilio y Horacio, sino el Evangelio. Toda la Sagrada Escritura es el Evangelio. ¿Sabéis por qué mandó predicar el Evangelio? Porque las otras doctrinas no tienen el fin unido con su principio. En un canal, el agua no puede subir más alta que el nivel de la fuente de donde procede, porque no tiene fuerza para más. Así ocurre con la doctrina de los poetas. ¿De dónde nace? ¿no sale del entendimiento humano? Por tanto, no puede hacer subir al Cielo. Y tú, que predicas solamente la doctrina de los poetas serás siempre terreno. La doctrina evangélica, que viene del Cielo, hace subir al Cielo a la persona que la predica y a la que la practica. Por eso dice el Señor: El agua que yo le daré se hará en él una fuente que salte hasta la vida eterna (Jn 4,14). Por tanto, predicad el Evangelio. Predicar la doctrina de los condenados es condenación. Dice San Jerónimo que Aristóteles y Platón están en el Infierno. Toma, pues, la doctrina de Cristo que conduce a la vida, toma la Biblia, que se llama libro de la vida; los libros de los poetas son libros de muerte.

La tercera cláusula del mandato evangélico dice: A toda criatura; es decir, de aquí para allá, no sólo en una ciudad ni a los grandes señores, sino también a los rústicos; no sólo a los ricos, sino también a los pobres [...] A toda criatura y en todo lugar. Jeremías, contemplando en espíritu esta escasez, se lamenta: Los pequeñuelos piden pan y no hay quien se lo parta (Lam 4, 4). Los pequeñuelos son los rústicos, los sencillos, los pobres, los ignorantes y los herejes, que pidieron la doctrina evangélica y nadie se la daba.

 

 

 

De un sermón en la Fiesta de la Asunción de la Virgen María

(traducción de V.Forcada Comins del publicado en SANCTI VINCENTI FERRARII, Opera Omnia. T.III. Rocabertí ed., Valencia 1695, 395-403)

 

La Virgen tuvo la vida natural, pues, según algunos doctores, vivió cuarenta años, aunque otros dicen que vivió setenta y dos. Tuvo la vida de la gracia sobre todas las creaturas. Pero no se contentó con esto, sino que cada día pedía la vida de la gloria y deseaba estar con su Hijo en el Paraíso, al que en tal día como hoy fue asunta. De esta vida dice el tema: María eligió la mejor parte [Lc 40,12]. Tuvo la buena vida, conservó la mejor, pero eligió la óptima.

 

Escuchad bien ahora. Por una pregunta que seguramente me estáis haciendo en vuestros corazones, quiero dividir y abarcar la materia del sermón. ¿Qué relación tiene el tema señalado [María eligió la mejor parte, Lc 10,42] con nuestro propósito, o cómo se aplica a la Virgen María? Porque el texto habla de María Magdalena y de Marta. Parece que no viene bien al caso presente.

 

Respondo a esta cuestión diciendo que si tomamos el Evangelio de hoy a la letra, no viene al caso; pero si lo interpretamos alegóricamente, como lo hace hoy la Iglesia, no hay Evangelio más propio y adecuado a la Virgen en toda la Biblia. Toda la vida de la Virgen está compendiada en él. El santo Evangelio de hoy señala tres cosas de la vida activa de Marta y otras tres de la vida contemplativa de María.

 

Lo primero que el Evangelio dice de Marta es lo siguiente: Entró Jesús en un castillo y cierta mujer llamada Marta lo recibió en su casa (Lc 10,38). Es la primera obra de la vida activa de Marta en favor de Cristo. De modo alegórico significa la encarnación del Hijo de Dios, pues por ella entró Jesús en el castillo de este mundo rebelde para subyugado a su imperio.

 

Marta quiere decir Señora. ¿Hay alguna señora mayor que la Virgen María, que recibió a Cristo en su casa, en su seno virginal? [...]

 

En el cielo y en la tierra no hay más señora que la Reina de los ángeles, la Virgen María, que recibió al Señor en su casa, en su seno virginal. De esta casa canta la Iglesia: «La casa de pecho inmaculado se hace de repente templo de Dios; intacta de varón, concibe al Hijo por una palabra» (Himno de la Natividad del Señor). Cuando la Virgen dijo: He aquí la esclava del Señor (Lc 1,38), entonces le recibió en su casa.

 

Gran honor fue para la Virgen recibir en su casa al Hijo de Dios. En esto se le asemejan los que comulgan, pues así como vino el Señor al seno virginal así viene en la hostia consagrada. Y estoy por decir que nosotros lo recibimos más perfectamente que la Virgen María, porque ella lo recibió pasible y mortal y nosotros lo recibimos impasible e inmortal; ella lo recibió una sola vez, y nosotros muchas. El buen cristiano debe elegir diez o doce fiestas al año para comulgar. Contra los que no comulgan y no le reciben, se dice: Vino a los suyos, y las suyos no le recibieron. Mas a cuantos le recibieron dióles potestad de venir a ser hijos de Dios, a aquellos que creen en su nombre (Jn 1,11-12).

 

La segunda obra de la vida activa de Marta aparece en el texto cuando dice: Marta andaba afanada en los muchos cuidados del servicio (Lc 10,40). En cuanto Cristo llegó a su casa, Marta iba corriendo por la casa, diciendo a las criadas: Preparad el pan y el vino y las demás cosas necesarias para la comida. Quería quedar bien con el Señor. Dirá alguien que esto nada tiene que ver con la Virgen María.

 

Si lo tomamos literalmente, tiene razón; pero si se interpreta alegóricamente, es muy propio de la Virgen. Porque así como la primera obra de Marta concuerda alegóricamente con la Virgen en la Encarnación, del mismo modo esta segunda obra dice muy bien con la Virgen María después que nació el Hijo de Dios. La Virgen, a los quince años de edad, dio a luz a su Hijo, y no tenía leche. Dicen los médicos que la prole y la leche proceden de la misma raíz; la mujer que no conoció varón no tenía leche. Y José le decía: Yo iré a buscar una mujer para que dé leche al Niño. Pero la Virgen María, arrodillada, según dicen los doctores, oraba al Señor: Padre omnipotente y Señor, que me disteis este Hijo; tú que provees a todas las cosas, a los animales de la tierra y a los peces del mar, dadme leche para vuestro Hijo. E inmediatamente obtuvo lo que pedía. Sobre ello canta la Iglesia: «La Madre Viro gen, que desconoció varón, dio a luz sin dolor al Salvador de los siglos. Ella sola alimentaba al Rey de los ángeles con sus pechos henchidos del cielo» (Oficio Natividad del Señor). Ahí tenéis cómo se afanaba la Virgen por servir a Cristo.

 

Y le sirvió en otras muchas cosas. No ignoráis los servicios que prestan las madres a sus hijos en el vestir y otras cosas parecidas. No pudiéndolo calentar por el frío que hacía, lo reclinó en un pesebre, para que los animales le dieran su calor natural. Le peinaba y lo lavaba; y en el destierro de Egipto hilaba y cosía. Procurando el alimento para ella, para su Hijo y para José, que era anciano. Y cuando Cristo predicaba, la Virgen María le acompañaba y le preparaba la comida. Ahí tenéis a Marta, a la Señora, ocupada en los muchos cuidados del servicio.

 

La tercera obra de la vida activa de Marta la señala el Evangelio cuando dice: Marta, Marta, tú te inquietas y te turbas por muchas cosas (Lc 10,41). Literalmente quiere decir que María andaba inquieta por la casa para servir al Señor y pensaba que todos los de casa eran pocos para atender dignamente al Maestro. Y ordenaba a las criadas, a los siervos y siervas... Alegóricamente es el servicio propio de la Virgen María. Pues así como la primera obra de Marta se aplica a la Virgen en cuanto a su solicitud por ser digna del Hijo y la segunda en cuanto a la conducta que observó en atenderle, esta tercera se refiere a la conducta de María en la Pasión, en la que la Señora fue muy solícita. ¿Quién podrá narrar la solicitud y la turbación que sufrió en la Pasión de su Hijo? La Virgen María fue muy solícita en la salvación del género humano; pero como sabía que no podía alcanzarse sino mediante la muerte ignominiosa de su Hijo se turbaba por su compasión maternal. Estaba como entre dos grandes piedras de molino pensando que ningún hombre podía ser libre del vínculo del pecado ni de las cadenas del diablo, si su Hijo no era previamente maniatado y crucificado. Esta era su turbación. Sabía también que nadie podía evadir la dura sentencia de condenación eterna, que se dará en el juicio, si su Hijo no era sentenciado a muerte. Por eso se turbaba.

 

Estaba preocupada porque nadie fuera suspendido en la horca del infierno; pero sabía que esto no era posible si su Hijo no era crucificado. Se preocupaba porque nadie podía separarse de la compañía del diablo, y sabía que era imposible si su Hijo no era contado entre los ladrones. Deseaba que la Humanidad, desterrada del Paraíso, pudiera entrar de nuevo en él; pero sabía que nadie podía entrar si su Hijo no era desterrado de Jerusalén. Quería que los hombres alcanzasen la corona de gloria; pero sabía que no la alcanzarían si su Hijo no era coronado de espinas. Estaba triste porque los hombres no podían entrar en la vida eterna; pero sabía que nadie la podía alcanzar si su Hijo no moría previamente. Ved ahí por qué se dice: Marta, Marta, esto es: Señora, señora, te inquietas y turbas por muchas cosas. [ ... ]

 

Hasta aquí hemos declarado la vida activa de la Virgen Santísima. Veamos ahora su vida contemplativa perfectísima, significada por Magdalena, de la que el Evangelio de hoy dice tres cosas.

 

Primera: María, sentada a los pies del Señor, escuchaba su palabra. He ahí la vida contemplativa. Veamos si puede aplicarse esto a la Virgen María. La Virgen sabía que su Hijo Jesús, desde el instante de su concepción, tuvo tanta ciencia como tiene ahora en el Cielo. Es sentencia común entre los teólogos. Pensad, pues, que siendo el niño Jesús de seis o siete años la Virgen le haría sentar en una silla como dicen algunos devotos doctores, en especial los devotos de María,y ella se sentaría a sus pies. Cristo la invitaría para que se sentara junto a Él, pero ella, por humildad, rehusaría. Y le diría: Hijo mío, decidme algo. Y Él respondería: Sí, me place. ¿Qué queréis que os diga, Madre mía? Deseo conocer -respondería la Virgen- la gloria de las almas bienaventuradas. ¿Cómo quedarán después de vuestra Ascensión: a vuestra derecha o a vuestra izquierda? ¿Serán inferiores o superiores a los ángeles? Jesús respondería: ¡Oh Madre mía!, no será así; entre todos no habrá sino una compañía, un solo redil y un solo pastor. Y entonces le diría el Señor que hay nueve órdenes o coros de ángeles, según dice San Juan en el Apocalipsis (21, 21).

 

El primero ascendiendo es el de los ángeles. En él serán colocados los penitentes que satisficieron por sus pecados. El segundo es el de los arcángeles, cuyo príncipe es San Gabriel; aquel, Madre mía, que os anunció mi Encarnación. En este orden habitarán los misericordiosos, las personas devotas. ¡Oh! -dijo la Virgen- ¡en buena hora han nacido los misericordiosos! El tercer coro es el de los principados. Y así iba explicándole todos los órdenes de ángeles. Es muy natural que la Virgen deseara saber en qué orden sería colocada ella. Y Jesús le dijo: Madre mía, pues sois digna sobre todos, seréis colocada a mi lado; y todos, ángeles y almas, obedecerán al imperio de vuestra voz. A este propósito canta hoy la Iglesia en el Oficio repetidas veces: «Has sido exaltada, santa Madre de Dios, sobre los coros de los ángeles a los reinos celestiales».

 

Otro día pidió al Hijo que le explicara la pena de los condenados y la compañía que tienen con los demonios. Jesús respondió: Madre mía, así como en el cielo hay nueve órdenes de ángeles, del mismo modo en el Infierno hay nueve cárceles de condenados. Y como el mayor pecado lo cometieron los serafines. Los que de aquel orden cayeron están en una cárcel más profunda y tienen un tormento más intenso. A este lugar irán los que blasfeman de Dios. La segunda cárcel es la de los querubines caídos. A ella irán los infieles, los cristianos que dudan de su fe y los que presumen de inteligencia. La tercera es la de los tronos que cayeron. Irán a ella los que usurpan los bienes o beneficios eclesiásticos mediante la simonía. La cuarta es la de las dominaciones. A ella irán a parar los malos señores y los rectores injustos de comunidades. La quinta es la de las virtudes, y a ella irán los vengativos. La sexta, la de las potestades, a la que irán los impacientes en las enfermedades, porque se irritan contra Dios. La séptima es la de los principados, a la que irán a parar los crueles, los usureros, los ladrones y los que retienen los bienes de los difuntos. La octava es la de los arcángeles caídos, a la que descenderán los indevotos, los que no oyen Misa ni sermones. Y la novena es la de los ángeles que pecaron, a la que llegarán los impenitentes. Así declaró Jesús a su Madre las cosas del otro mundo. Aunque el Evangelio no lo diga, lo creemos piadosamente. ¡Qué dichoso y qué consolado hubiera sido quien hubiera estado presente a este coloquio!

 

Otro día diría la Virgen a Jesús: Hijo mío, ya que me habéis declarado la gloria de los bienaventurados y la pena de los condenados, decidme ahora algo sobre el Purgatorio. Y Jesús le contestaría: Así lo haré, madre mía. Ya que queréis saberlo, el Purgatorio tiene tres cárceles, según las tres condiciones de personas que allí cumplen su penitencia. Otro día le explicó la suerte de los niños que mueren sin bautismo, etc. Esta es la vida contemplativa: escuchar la Palabra del Señor. Yo, cuando predico, hago vida activay cuando estudio hago vida contemplativa. Vosotros, que escucháis devotamente los sermones hacéis vida contemplativa. Bienaventurados los que escuchan la palabra de Dios y la practican (Lc 11,28).

 

La segunda obra de la vida contemplativa de Magdalena la narra el evangelista cuando dice que Marta se afanaba para servir a Cristo, y le decía a María: Ayúdame. La Magdalena hizo oídos sordos. Y dijo al Señor: ¿No te da cuidado que mi hermana me deje sola en el servicio? (Lc 10,40). No lo dijo por impaciencia según apunta la Glosa, sino porque creía que todos los de casa no eran suficientes para servir a Cristo. La Magdalena dejaba las obras activas para dedicarse a la contemplación.

 

Esto mismo hizo la Virgen María en la Ascensión de Cristo, pues cuando vio elevarse su Hijo de la tierra y contempló las almas de los santos, pidió subir al Cielo con el Hijo. Cristo le dijo: Madre mía, vos ocuparéis mi lugar durante cierto tiempo; consolaréis a mis hermanos, los Apóstoles, los cuales recurrirán a vos en sus dudas. Desde este instante la vida de la Virgen fue contemplativa. Visitaba cada día los santos lugares. Iba a Nazaret, a la estancia en que había concebido al Hijo de Dios y pensaba en la salutación del ángel; y en esta contemplación lloraba. Después iba a Belén, al lugar en que había nacido su Hijo y a la casa en la que fue adorado por los Magos de Oriente. Y más tarde al Templo, donde ofreció al Hijo, a los cuarenta días de nacido. Al lugar del bautismo, al desierto, al Calvario, al sepulcro... En los doce, o según otros veinticuatro, años que sobrevivió a la Ascensión del Hijo, visitaba diariamente estos lugares.

 

Acerca de estas visitas surge una dificultadpues dice San Ambrosio que la Virgen no fue vagando de acá para allá y ni siquiera salió en público: tranquila en su casa, amaba la soledad. ¿Cómo iba a visitar los santos lugares? Podemos armonizar estas dos cosas, pues las dos son verdaderas, si pensamos que estas visitas eran espirituales y contemplativas, sin que la Virgen saliera de su casa. Iba en espíritu. ¡Bendita peregrinación, libre de todo peligro! De ella dice el Apóstol: Si vivimos del Espíritu, caminemos también según el Espíritu (Gal 5,25).

 

A continuación reflexiónese sobre los hombres y mujeres que en las peregrinaciones tuercen sus caminos y se hacen peores, pues hay veces que salen vírgenes y castas y vuelven meretrices. También sobre las mujeres que van a Roma en tiempo de indulgencias y duermen amontonadas sobre las pajas; hay muchas que son violadas y corrompidas. También existen muchos peligros corporales y espirituales para los religiosos y clérigos que van a Jerusalén, ya que muchos días no pueden rezar el Oficio ni celebrar su Misa. Haced en espíritu estas peregrinaciones. Hoy y todos los días podéis ir a Nazaret, a la estancia en que fue concebido el Hijo de Dios, y a los otros lugares santos.

 

La tercera obra de la vida contemplativa la señala el tema: María eligió la mejor parte. En esta frase tenéis la historia de la fiesta de hoy. Después que transcurrieron doce, o veinticuatro años, la Virgen cierto día estaba orando y decía: ¡Oh Hijo mío!, hace tantos años que estoy entre los judíos; los Apóstoles están dispersos por el mundo; recibidme con Vos; y lloraba ... Cristo nos muestra en su Madre un ejemplo para desear el Paraíso. Quiere que el Paraíso sea ardientemente deseado.

 

Al momento se le apareció el ángel San Gabriel, saludándola y llevando en su mano una palma. Tanta era la claridad del ángel que la Virgen María, no habiéndolo reconocido, le pidió su nombre. La palma significaba la victoria que la Virgen obtuvo: del mundo mediante la humildad; del diablo por la pobreza; y de la carne por la purísima virginidad. Entonces pidió dos cosas: primera, que los Apóstoles estuvieran presentes a su muerte; segunda, que ningún diablo se hallara en ella. No creáis que tenía miedo; lo hizo por la repugnancia que causan los que hacen tanto mal. Del mismo modo que un rey no permite que se presente ante él un criminal, no porque le teme, sino porque le aborrece, la Virgen obtuvo que, por el poder de Dios, la rodearan todos los Apóstoles en el día de su muerte. Los pueblos en que estaban predicando quedaban maravillados cuando éstos eran arrebatados por las nubes. Todos se encontraron a la puerta de la casa de la Virgen, diciendo entre sí: ¿Por qué nos ha reunido el Señor? Y Juan, que llegó el primero, les anunció el tránsito próximo de la Virgen.

 

Acercándose, de dos en dos, hicieron sus reverencias a la Virgen. Y la Virgen María los recibía con gran alegría, indicando a cada cual el servicio que había hecho por Cristo, su Hijo, y las penas que había sufrido. En especial, a Pablo le decía: ¡Oh Pablo!, en tal lugar fuiste hecho prisionero por mi Hijo, etc. Y mientras así hablaba, presentó se Cristo, saludando a su Madre: Ave, bendita, que engendraste la Vida y hallaste la gloria. La Virgen respondió: Mi corazón está preparado, ¡oh Dios!; está preparado mi corazón. Al principio del libro (de la Predestinación) está escrito sobre mí, a fin de que se cumpla, ¡oh Dios!, tu voluntad. Y los santos ángeles que formaban el cortejo de Cristo la saludaban.

 

Este gozo fue mayor que todos los demás que tuvo la Virgen. Grande fue el gozo de la Anunciación, en la que fue hecha Madre de Dios; y el de la Natividad, Resurrección y apariciones, etc. Una hermosa doncella se goza mucho cuando se prepara su matrimonio; pero goza más cuando es desposada; y mucho más cuando, después de desposada, la visita su esposo; y aún más cuando el esposo le envía las arras preciosas; y su gozo aumenta cuando a su esposo se le da un oficio en la casa del rey; pero sobre todo esto se goza de modo excelente el día del matrimonio.

 

De todo lo dicho se gozó mucho la Virgen. Pues el día de la Anunciación o de la concepción del Hijo de Dios, se trataba de sus desposorios; los esponsales tuvieron lugar el día de la Adoración de los Magos. El Esposo visitó a la Esposa el día de la Resurrección; y recibió un oficio en el cielo empíreo el día de la Ascensión. Le envió arras preciosísimas el día de Pentecostés. Pero hoy es el día de las nupcias, cuando entregó su espíritu, sin pena ni dolor, en manos de su Hijo.

 

En ese preciso momento formose la comitiva por los ministros, los ángeles, que iban cantando, y la Esposa fue conducida a casa del Esposo, a la gloria del Paraíso, no sólo en alma, sino también en cuerpo, pues Cristo la resucitó poco después de su muerte y vive eternamente en cuerpo y alma. Por tanto, María eligió la mejor parte.

 

Todos hemos de desear esta gloria. No seamos como los animales que no miran sino hacia la tierra. Dios nos hizo rectos para que deseemos y tendamos hacia el Paraíso. Por eso dice David: Como anhela el ciervo la fuente de aguas, así te anhela a ti mi alma, ¡oh Dios! (Sal 41,2).

 

 

 

De un sermón en la Fiesta de Santa María Magdalena

(Traducción de A.Esponera Cerdán del publicado en Sermonario de San Vicente Ferrer del Real Colegio-Seminario de Corpus Christi de Valencia. Estudio y trascripción latina de F.M.Gimeno Blay y MªL.Mandingorra Llavata. Valencia 2002, 393-397)

 

He aquí que había en la ciudad una mujer pecadora: estas palabras en su original aparecen en Lucas (7,37) y han sido recitadas en el Evangelio de hoy. Así como todo el Oficio Divino de la Iglesia es de Santa María Magdalena, de la misma forma toda nuestra predicación versará sobre ella. Y creo que, si agrada a Dios, será buena materia para todos. Y por eso recurramos a la Abogada de todos diciendo: Ave María….

 

Pensando en la vida de Santa Magdalena, he encontrado en su vida que tuvo cinco características: primera, vida viciosa; segunda, conversión virtuosa; tercera, perfección graciosa; cuarta, predicación fructuosa; quinta, contemplación gloriosa.

 

Estas son las cinco características que tuvo Santa Magdalena en toda su vida y en cualquiera de ellas tendremos buenas enseñanzas para todos. Y por esto dice el tema: He aquí que había una mujer...

 

En cuanto a la primera, vida viciosa. Esta característica la tuvo Santa María Magdalena por la carnalidad lujuriosa que llevó. La razón es que por las tribulaciones, por las angustias y por la pobreza se acercan algunos a Dios. Y por esto dice San Gregorio: “Los males que nos oprimen nos impulsan a ir a Dios”. Y concuerda con la autoridad de Isaías (Is 26, 16): Señor, en la aflicción te buscaron. En cambio las prosperidades, las delicias y las riquezas hacen alejarse de Dios y olvidarlo, como se dice en el Deuteronomio (Dt 32,15): El predilecto engordó y tiró coces. Y despreció al Dios de su salvación. Y así sucedió a Santa Magdalena pues, cuando no tenía prosperidad sino tribulaciones y angustias, era devota de Dios; pero después, cuando tuvo prosperidad y riquezas, dejó la devoción y se olvidó de Dios. Y es que ella era hija de padres nobles, muy ricos. Y, mientras vivieron, porque seguía estrictamente sus enseñanzas, fue devota de Dios; pero una vez muertos, dejó la devoción porque se quedó como dueña y poderosa por las riquezas, y tuvo oportunidad de pecar y pecó, como se cuenta en su Vida.

 

Pero ahora debemos preguntarnos: ¿por qué Santa Marta fue y vivió siempre como virgen y Santa Magdalena en la lujuria, siendo hermanas de los mismos padres? Se puede afirmar que, como dice San Ambrosio, tenía flujo de la sangre, de lo que habla Mateo (cf. Mt 9,20). Y la enfermedad del flujo de la sangre hace a la persona deforme, esto es, amarillenta y maloliente, y por eso los escuderos y soldados no se fijaban en ella sino en su hermana y por eso esta erró. De ello se deduce que bendita es la enfermedad por la que se guarda la castidad, como se dice en Eclesiástico (Si 31, 2): Una enfermedad grave hace sobria al alma. Y concuerda con San Pablo (2Co 12,9-10): Porque la virtud se perfecciona en las enfermedades... pues cuando enfermo soy poderoso, esto es, para guardar la castidad.

 

En cuanto a la segunda característica, conversión virtuosa. Esta conversión fue hecha por las predicaciones de Cristo, que entonces predicaba por el mundo. Así lo dice su Historia. Pero veamos ahora cómo ocurrió. Afirma, según el Evangelio de hoy, que, como hubiese oído que Cristo predicaba, se acercó a dicha predicación, no por devoción sino para que la viesen los hombres. Y, al verla Cristo, predicó contra la lujuria y las palabras de Cristo tocaron sus oídos y también su corazón, lo que también puede ocurrir a otro predicador, pues de Jesús dice San Agustín: “Tiene su sede en el cielo el que enseña los corazones”, y San Gregorio: “En vano trabaja la lengua del predicador si por dentro no fue la lengua del Salvador”. Y así Santa Magdalena tuvo contrición y conocimiento de sus pecados y lloraba.

 

Y, al enterarse de que Cristo había sido invitado en la casa de Simón, se acercó a él con un ungüento como dice el texto del Evangelio (cf. Lc 7,37).

 

Y ahora –en relación con lo que debéis hacer u obrar- tomad ejemplo para convertiros como hizo Santa Magdalena, pues, tras haber pecado por el corazón pensando en vanidades, se lo rompía llorando y teniendo contrición; asimismo había pecado por los labios y besaba los pies de Cristo; también había pecado por los ojos y los tenía inclinados en tierra; por eso dice San Gregorio: “Lo que tuvo en sí… lo ofreció en sacrificio”. Y por eso vosotros, si habéis cometido pecados, haced la penitencia contraria, pues, si habéis pecado por soberbia, humillaos en la oración; si habéis pecado por la boca, daos en la boca; si por las manos, apretadlas en la oración; si por el cuerpo con la lujuria, postraos en tierra o sobre madera, o con derramamiento de sangre disciplinándoos y derramando su sangre, etc. Como se dice en Lucas (Lc 3,8): Haced dignos frutos de penitencia; y son frutos dignos cuando la penitencia es contraria a los pecados.

 

La tercera característica es la perfección graciosa. La tuvo porque no hizo como muchas mujeres que en seguida vuelven al pecado, porque nunca miraba a los hombres a la cara por haber pecado con ellos. Y seguía en el grupo de Cristo, como dice Lucas (Lc 8,2): Seguían a Jesús y le servían con sus bienes. Pero después, al subir Cristo a los Cielos, vendió todo lo que tenía para conseguir la perfección de vida, de la que se dice en Mateo (Mt 19,21): Si quieres ser perfecto… Y dio todo a los Apóstoles porque no podía encontrar a nadie más pobre que a ellos. Y vivía de sus manos hilando lana en el torno y en el huso, como se dice en Proverbios (Pr 31,13-27): Ella se procura lana y lino y hace las labores... y no come su pan de balde. Y por eso tomad ejemplo de ella, hijas mías, como dice Proverbios (Pr 31,29-31): Muchas hijas han hecho proezas... la mujer que teme al Señor será alabada... y alábenle en las puertas sus obras.

 

La cuarta característica, la predicación fructuosa, se refiere a que oculta por Jerusalén por causa de los judíos predicaba y convertía a muchos a la fe católica. Y los judíos trataban de matarle pero no se atrevían porque era de familia importante. Sin embargo consiguieron ponerla en una barca con su hermana y otras mujeres, sin alimento ni provisiones, para que muriesen. Y por la gracia de Dios en poco tiempo llegaron a la ciudad de Marsella. Permanecieron allí por tres días porque no eran recibidas; sin embargo por la gracia de Dios y mediante sus predicaciones fueron recibidas en algunas casas y convirtió toda la Provenza. Y por eso pueden decirse de ellas las palabras del libro de la Sabiduría (Sb 8, 4): Porque está en los secretos de la ciencia [de Dios], y es directora de sus obras.

 

Pero ahora debemos preguntarnos: ¿por qué Santa Magdalena, que era mujer, convertía a gentes infieles y nosotros no podemos convertir a los malos cristianos?

Respondo que porque la predicación de Santa Magdalena tenía tres cosas: doctrina celestial, vida espiritual y obra divinal; pues dice Jeremías (Jr 23, 28-29): El que proponga fielmente mi palabra... ¿No es mi palabra como fuego... como martillo que tritura la roca? Pero nuestra predicación no tiene estas tres cosas, porque: no es doctrina celestial sino terrenal, que suena a los oídos con cadencia como Virgilio y Ovidio; ni vida espiritual, que es el sello de la predicación; ni obra divinal porque no hacemos milagros como Santa Magdalena, sino que hacemos falsos milagros, esto es, escándalos, como es por ejemplo conocer lujuriosamente. Y por eso decía San Pablo en Romanos (Ro 15, 18 y ss.): No me atreveré a hablar de cosa que Cristo no haya obrado por mí para la conversión de los gentiles.

 

En cuanto a la quinta característica, la contemplación gloriosa, hay que señalar que dejó el oficio de predicar por la ley y la prohibición que hizo el Bienaventurado Apóstol según su primera a Timoteo (1Tm 2,12): No consiento que la mujer enseñe... sino que se mantenga en silencio. Y pidió a Dios que le revelase un lugar donde pudiese llevar vida contemplativa. Y Dios le envió ángeles que la llevaron al lugar elevado de la Balma, y allí permaneció treinta y dos años sin beber ni comer nada corporal y sin ver a ninguna criatura de este mundo; y mientras su vestido se destruía, sus cabellos le crecían sirviéndole de vestido. Y diré lo que dice su Historia: que los ángeles se le aparecían y los veía corporalmente en las siete Horas Canónicas. Los ángeles cantaban y recibía de ellos durante las siete Horas alimento espiritual. [...]

 

Por esta contemplación gloriosa llegó a la contemplación gloriosa del Paraíso, pues los ángeles le anunciaron qué día subirían con ella a la Gloria. Y entonces dijo que la llevasen a San Maximino porque primero quería recibir el Cuerpo de Cristo, acordándose de la predicación que había hecho Cristo, en la que dijo: En verdad, en verdad os digo que, si no coméis la carne del Hijo del hombre y no bebéis su sangre, no tendréis vida en vosotros (Jn 6,53). Y, después de comulgar, en seguida entregó el espíritu. Y los ángeles la llevaron al Cielo.

 

 

 

De la Vida de Cristo representada en la Misa Solemne

(Traducción de J.Mengual Moll de la publicada en San Vicente Ferrer: Colección de sermones de Cuaresma y otros según el manuscrito de Ayora. A.Robles Sierra ed., Valencia 1995, 397-416)

 

Tened presente esto que os indico: que desde el día que Jesús Cristo, Salvador nuestro, descendió del Cielo por la Encarnación hasta el día que subió al Cielo, toda su vida esta representada en la Misa solemne por treinta obras principalmente, aunque sabemos que hay más obras que desconocemos. Por eso dice el evangelista San Juan en el último capítulo: Hay además otras muchas cosas que hizo Jesús. Si se escribieran una por una, pienso que ni todo el mundo bastaría para contener los libros que se escribieran (Jn 21,25). Tantes obres féu nostre Senyor Jsu Xrist, que si totes singularment, et per particulars se specifficaven, nous dich en compte de cent, ni de mil, encara en compte de mil mília, ni encara bocha humanal no les poria dir quant es als secrets. Pues bien, estos están resumidos y condensados como los átomos están en el sol y que por tanto no se pueden conocer, ni ser descubiertos. Pero el clérigo se mueve hacia quién es el misterio. Por eso ahora os digo cuáles son los principales misterios. [...]

 

La undécima obra que nuestro Salvador y Señor Jesús Cristo hizo en este mundo fue que después de ayunar en el desierto comenzó a predicar y a proclamar en voz alta: Convertíos porque el Reino de los Cielos ha llegado (Mt 4,17). Antes del ayuno no se manifestó, sino que escondido y oculto quiso hacer penitencia en el desierto. Saliendo del desierto, instruía a las gentes diciendo: “Haced penitencia” y qué vida debían hacer y les instruía cómo podían evitar los pecados. Y esto lo hacía recorriendo villas, ciudades y castillos. Y así como con las mismas palabras enseñaba su santa doctrina, así también con sus obras la demostraba. Por eso dice el libro de los Hechos de los Apóstoles (Hch 1,1): Lo que Jesús hizo y enseñó desde un principio.

 

Bona gent, sería grande la benignidad del rey de Aragón, si él mismo fuera por todo el Reino y en las plazas él mismo publicara y ensalzara su ley o sus ordenaciones. Pues así hizo Jesús, Rey de Reyes y Señor de los señores, iba encomiando su ley y no le detenía el que no hubiera púlpito, ni catafalco, sino que subía sobre cualquier podio o escalera de las plazas y allí exponía su ley; pero al principio no tenía tanta reputación entre los judíos y los fariseos para que se detuvieran a escuchar sus predicaciones, pero después, como iba en aumento, querían quitarlo de en medio.

 

Esto lo representa el presbítero cuando dice en voz alta el Prefacio: “Arriba los corazones”, para mostrar que así como Jesús Cristo hablaba con la boca y con el ejemplo enseñaba. Asimismo el presbítero tiene, o debe tener, diciendo el Prefacio las manos alzadas y no bajas, para mostrar que él, que predica la Palabra de Dios debe demostrar con el ejemplo y las obras aquellas palabras que predica y que habla. Por eso decía San Pablo atribuyendo a Jesús Cristo todo esto: Pues no me atreveré a hablar de cosa alguna que Cristo no haya realizado por medio de mí para conseguir la obediencia de los gentiles de palabra y de obra, en virtud de señales y prodigios, en virtud del Espíritu de Dios (Rom 15,17). Así todo aquel que predica, etc.

 

La duodécima obra que realizó nuestro Salvador y Señor Jesús Cristo fue que no solamente mostraba con sus obras lo que predicaba, sino también confirmaba su doctrina con los milagros, que nadie, a no ser Dios, podía hacer. Y esto lo realizaba principalmente como Señor. A los ciegos les daba la luz; los paralíticos que no tenían carnes se llenaban de carnes y salían como jóvenes tiernos; a los sordos les devolvía el oído; los mudos hablaban y los muertos resucitaban (cf. Mt 11,5).

 

Todo esto representa el presbítero cuando en la Misa dice: “Santo, Santo, Santo es el Señor Dios del universo”, etc. Tres veces dice “Santo" para mostrar que los milagros que Jesús Cristo hacía no los realizaba por virtud humana sino en virtud de las tres divinas personas: Padre, Hijo y Espíritu Santo, un Dios. Y después se dice el “Hosanna” -que es como decir “sálvanos”- para mostrar que Jesús Cristo hacía los milagros, y ello para nuestra salvación.

 

La decimotercera obra que realizó nuestro Salvador Jesús Cristo en este mundo fue que -después que predicó bien alto y se mostró claramente y completó su obra de predicación de manera excelente durante casi cuatro años completos, confirmándola con sus obras, con milagros- he aquí que viendo que se le acercaba el tiempo de su pasión, se reunió con sus discípulos para la cena y allí, en secreto, les hizo un gran sermón que ningún evangelista trae sino San Juan y abarca este sermón desde el capítulo 13 no completo al capítulo 17.

 

Esto se representa en la Misa cuando el presbítero dice el Canon secreto y lo dice tan en secreto que nadie lo oye, a no ser los que están con él, esto es el diácono y el subdiácono. Porque aquel sermón que hizo Jesús en el altar de la Cena, también fue secreto, pues nadie lo oyó, a no ser aquellos que estaban sentados a la mesa junto con él, es decir, los Apóstoles. [...]

 

La vigésima sexta obra que realizó Jesús Cristo en este mundo fue que después de su gloriosa Resurrección se apareció a Santa María Magdalena y a los Apóstoles, pero primero se apareció a la Virgen María. No sólo se apareció él solo, como ocurrió con Santa María Magdalena, sino con todos los Santos Patriarcas y Profetas y otros Santos Padres. Y ahora meditad, bona gent, qué consolación debía tener la Virgen María cuando veía a su glorioso Hijo con aquella multitud de Santos.

 

Todo esto se representa en la Misa cuando el presbítero dice: “El Señor esté con vosotros”. Y a continuación dice la oración postcomunión que representa las palabras de consolación que tuvieron nuestro Salvador Jesús Cristo y su gloriosa Madre, y cómo los Santos Padres alababan a nuestro Salvador y suyo. Y a continuación hacían reverencias a su Madre diciendo: Reina del cielo, terminad de llorar y no tengáis ni tristeza ni disgusto, etc.

 

La vigésima séptima obra que realizó Jesús Cristo fue cuando en este mundo se apareció a los Apóstoles y mostrándose en medio de ellos dijo: Paz a vosotros (Jn 20,19).

 

Y esto lo representa el presbítero cuando se coloca en medio del altar y volviéndose hacia el pueblo dice: “El Señor está con vosotros”, que casi es como si dijera paz a vosotros.

 

La vigésima octava obra que Jesús Cristo hizo en este mundo fue que cuando debía subir al Cielo, llamando a los Apóstoles, les dijo: Id por todo el mundo y proclamad la Buena Nueva a toda creatura; diciendo también: El que crea y sea bautizado se salvará (Mc16,15-16 y Mt 28,19-20).

 

Esto se representa en la Misa cuando el presbítero dice: “Podéis ir en paz”, dando permiso al pueblo para que regrese a las casas para cumplir sus deberes, porque se ha completado el oficio y el sacrificio, como Cristo dio a los Apóstoles el permiso de ir por el mundo habiendo sido cumplido el sacrifico.

 

La vigésimo novena obra que hizo Jesús Cristo en este mundo fue cuando cumplió la promesa hecha a Pedro y a los Apóstoles, poniendo al bienaventurado Pedro en posesión real del Papado por estas palabras: Apacienta mis ovejas (Jn. 21,17). Entonces fue instituido Papa. Y a los otros clérigos les dijo: Recibid el Espíritu Santo. A quienes perdonéis los pecados,… (Jn 20,22-23).

 

Y esto se representa en la Misa cuando el presbítero al final de la Misa se humilla inclinando la cabeza ante el altar tanto como puede, diciendo: “Séate agradable, Trinidad Santa, etc.” Y entonces da gracias besando el altar inclinándose para mostrar la infinita misericordia con que Él quiso humillarse y qué poder tan alto tiene -es decir, para perdonar los pecados- que es sólo Dios y ha dado a los hombres: ¿Quién puede perdonar los pecados, sino sólo Dios? (Mc 2,7). Y por eso se inclina, para mostrar que delante de Dios se inclinaría Jesús Cristo por ser hombre pues los hombres no tenían este poder. Consecuentemente besa el altar reconociendo esta gracia y luego se santigua con la señal de la Santa Cruz, para mostrar que por la virtud de la santa cruz vino la absolución, etc.

 

La trigésima obra que hizo Jesús Cristo en este mundo fue cuando se apareció a su gloriosa Madre y a los Apóstoles y les bendijo, también a los cristianos hombres y mujeres. Y por eso dice el bienaventurado Lucas: Alzando sus manos, los bendijo… y fue llevado al cielo (Lc 24,50). Entonces decía la Virgen María, llorando: “¡Oh, hijo mío! ¿no voy contigo? ¿Me dejas aquí entre los judíos?”. De la misma manera los Apóstoles lloraban, diciendo: “¡Señor! y ¿cuándo te volveremos a ver, y cuando regresarás?”. Y entonces, he aquí que Cristo dio la bendición y subió al Cielo, de donde había salido.

 

Y esto se representa en la Misa, cuando el presbítero, dada la bendición, regresa a la sacristía, de donde había salido.

 

He aquí cómo toda la vida de Cristo está representada en la Misa. Y por eso dice el tema: Haced lo que Él os diga (Jn. 2,5) Esto es, representar en la Misa toda la vida de Cristo y no solo la Pasión. Por lo tanto, bona gent, Haced esto en recuerdo mío (Lc 22,19 y 1Co 11,23). Esto es, que vosotros clérigos devotamente celebraréis la vida de Cristo y vosotros laicos devotamente oyendo y no hablando en la Misa, ni acercándoos al altar, sino orando en silencio, para que de este modo no estorbéis a aquellos que están cerca de vosotros. Por eso la Virgen María lo decía: Haced lo que Él os diga (Jn 2,5), que es el tema.

 

Algunos no encuentran en la Biblia esto, pero a mí me parece que con todo ello concuerdan otras autoridades: Escuchad el juicio del padre, hijo amado, y obrad así (Eclo 3,1-2). Vosotros cristianos que sois “hijos amados, escuchad el juicio del padre”, es decir la Misa y “para que seáis salvados”. Esta autoridad llama “juicio” a la Misa, para que tengáis gran reverencia, tanto los presbíteros que inflamados de amor debéis ir a la celebración de este sacramento, y las gentes del pueblo que deben, con gran reverencia, oír, no hablando, ni acercándose al altar.