Mª Dolores Asensi Marco, Honorable Clavariesa 2009

Mª DOLORES

ASENSI MARCO

Honorable Clavariesa 2009

 

Discurso pronunciado

por Paloma Gómez Borrero,

con motivo de la Exaltación de la

Honorable Clavariesa de las Fiestas Vicentinas

2009

Bona Gent.

 

Con vuestra venia y sobre todo con el placer de la muy Honorable Clavariesa, permitidme que antes de comenzar quiera agradeceros el haberme elegido mantenedora de las Fiestas Vicentinas de este año de gracia 2009. Es para mí un orgullo hablar en este marco histórico tan hermoso del Salón del Trono de la antigua Capitanía General que fue el antiguo y más prestigioso convento de los dominicos donde enseñó, fue profesor y Prior en el siglo XV San Vicente Ferrer.

 

Es pues simbólico y significativo que conmemoremos y honremos su recuerdo en un lugar que sin duda tantas veces paseó, estudió y conserva las huellas de su extraordinaria vida. Hoy estar aquí me llena de ilusión porque debo confiaros, que soy un poco vuestra. He nacido en Madrid pero a Valencia la tengo adoptada en el corazón; admiro y venero la figura de San Vicente y... ¡quién me lo iba a decir! conocí, hace nada menos que 20 años, en Roma, a la Honorable Clavariesa. Era, como sigue siéndolo, una chica guapísima, y hablamos mucho de Juan Pablo II, de Valencia, de que estudiaba Farmacia... ¡Quién me iba a decir y quién habría podido entonces imaginar que vendría a Valencia a resaltar sus virtudes y su misión en la Farmacia y en su hogar donde escucha, atiende y aconseja, pone en práctica el lema esculpido en el Hospital San Giacomo de Roma: “CURAR... SI NO PUEDES CURAR, ALIVIAR... SI NO PUEDES ALIVIAR, ACOMPAÑAR... EN CUALQUIER CASO... AMAR”.

 

He llegado de Roma esta tarde; de la Ciudad de las 7 Colinas para rendir un homenaje a San Vicente Ferrer y a Dolores Asensi, e implícitamente, en los dos, a la Virgen Nuestra Señora de los Desamparados, la Patrona, la Mare de Deu, que es para todos los valencianos, consuelo, refugio y esperanza.

 

Quiero recordar el último viaje de Benedicto XVI a Valencia. Lo primero que hizo, antes de encontrarse con las familias, fue ir a rezar a la Virgen de los Desamparados para confortar a los que habían sufrido en aquel accidente terrible en el metro. Primero fue a orar en la estación donde había sucedido la tragedia, pero después quiso que todos los enfermos que había, las familias de las víctimas, pudieran tener todavía más consuelo, no solamente porque el Papa compartía su dolor, sino porque el Papa les abrazaba, bajo la mirada dulcísima de la Virgen.

 

Fue delante de Nuestra Señora donde el Papa Benedicto se reunió con ellos... Y es que les aseguro, a Benedicto XVI Valencia se le quedó muy dentro del corazón y Valencia también quedó impresionada con el Papa. Todo fue bellísimo y a los que le acompañábamos en el viaje nos marcó el corazón y la mente, ver las calles llenas de flores, palpar el entusiasmo de la gente... volcarse con el Santo Padre... Yo siempre digo que en ese día y medio, Valencia se escribió con “B” de Benedicto y Benedicto con “V” de Valencia.

 

De San Vicente Ferrer sabéis vosotros mucho más de lo que yo puedo saber y la prueba es que vuestras fiestas son vicentinas y Valencia está salpicada del santo. La única pena es que murió en 1419 en Bretaña, en la ciudad de Vannes mientras predicaba la cuaresma y allí, en la Catedral, está enterrado. Los franceses, a pesar de todos los ruegos, todas las peticiones de los valencianos, no quieren que se trasladen sus restos y es que ya antes de que la Iglesia le reconociera oficialmente su santidad, fue erigido un altar delante de su sepulcro donde habitualmente se celebra y se sigue celebrando la misa. No solo en Francia, en Italia, en Nápoles, a San Vicente se le ha dedicado un templo y se le reza muchísimo, eso sí, le han italianizado el nombre, le llaman San Vicenzo Ferreri y no hay quien les convenza de que es Vicente o Vicent y desde luego el apellido no tiene una “i”, le sobra. San Vicente fue el gran predicador de Europa. Recorrió muchos reinos cristianos donde era recibido como un nuevo Juan Bautista. Evangelizó a los moros, a los judíos que admiraron el profundo conocimiento que tenía nuestro Santo de la lengua hebrea y de los libros sagrados, e intervino en importantes conflictos políticos, no porque él fuese político sino porque se le invitaba como Apóstol y Pacificador para que resolviera, con su buen criterio, difíciles controversias. A San Vicente le consideró santo ya en vida. Los prodigios, los hechos extraordinarios, estaban en la boca de todos y la biografía vicentina está repleta de milagros y de eventos proféticos.

 

Cuenta la tradición, bien lo sabéis, que siendo prior de los Dominicos, un día se encontró con un simple párroco llamado Alfonso de Borja y le profetizó nada más verle: “Tú serás Papa”, y no se equivocó, Mosén Alfonso, el sacerdote que se encontró, empezará con ser cardenal y sucederá, a la edad de 77 años, la misma con la que ha sido elegido Benedicto XVI a Su Santidad Nicolás V tomando el nombre de Calixto III, más conocido como el Papa Borja.

 

Sabedor de la talla espiritual e intelectual, las obras de su sabio paisano dominico y quizás admirando también las dotes proféticas, el Papa Calixto, le canonizó y desde entonces, a Fray Vicente le tenemos en los altares. Como buen valenciano San Vicentesiempre tuvo una gran devoción a la Virgen y cuando se encontraba con dificultades rezaba a los piés de la Mare de Deu.

 

Un amor mariano que ha heredadoMaría Dolores Asensi que entre sus recuerdos más inolvidables guarda cuando su hija, Inmaculada, Fallera Mayor Infantil en el año 2007, cumplió el privilegio de besar la mano de la Virgen y el momento emocionante de la ofrenda de flores en el que como Fallera Mayor y ella como madre, la acompañó y entregó el ramo a Nuestra Señora.

 

Otro papa gran devoto de la Virgen, papa mariano por excelencia fue Juan Pablo II. ¡Nuestro inolvidable Juan Pablo II!, que quiso que en su escudo pontificio estuviera la inicial de María a los piés de la cruz y un lema “Totus tuus” “Todo tuyo María”. Esa cruz que llevará a lo largo de los últimos años de su vida, desde el atentado en la plaza de San Pedro.

 

Pero pienso que si no les hablo de este papa que nadie puede olvidar, van a creer que no soy Paloma Gómez Borrero... por ello, permitidme que evoque por unos instantes su memoria. Juan Pablo, el Grande, que se enamoró del pueblo valenciano desde el primer instante que pisó la tierra de las flores, de la luz y del color.

 

En Valencia, Juan Pablo II saludó con especial afecto a las personas de la tercera edad en el santuario de la Madre común de los Desamparados, se acercó a Alcira, con la herida abierta de las terribles inundaciones para manifestarles a sus hijos su solidaridad y cariño y decirles “que la caridad y el sentido humanitario no pueden permanecer indiferentes ante la muerte y la destrucción”. Estuvo también en el Seminario de Moncada, allí, donde por cierto, probó por segunda vez la paella; una paella gigante que le encantó, aunque tengo que confiarles, que la primera vez que el papa polaco comió una paella fue en África, en Ghana hecha por nuestra Embajadora. Qué podía gustarle más al Papa, pensó monseñor Mauri, en la nunciatura donde se alojaba el Santo Padre, que una paella, y se la encargó a la Embajadora que la hacía maravillosamente. Ante un comensal tan ilustre y querido, trató de lucirse más que nunca... y así se fue a comprar los tomates y las verduras al vecino Benin que tenían fama de exquisitos y se puso manos a la paella. Por lo visto se lució de verdad y la paella estaba riquísima, ¡aunque le faltó el agua de Valencia para que fuera perfecta!... El cardenal Camarlengo, Eduardo Martínez Somalo, sabiendo lo que el plato nacional le encantaba al papa, en Navidad se lo ofrecía siempre en el menú.

 

Benedicto XVI en cambio, en Valencia, lo que descubrió fue ¡la horchata!. Y tanto le gustó que se llevó toda la que le regalaron los del pueblo maestro de esta bebida. Los del Vaticano y los compañeros de prensa, que también descubrieron la horchata, me preguntaron cómo se hacía ycon qué se hacía... como no tenía mucha idea para explicarles lo que son las chufas ya que en Italia no existen!, les dije que eran patatitas pequeñas y arrugadísimas que se metían en agua y que luego se aplastaban y salía una leche. No sé si... lo entendieron pero como lo que les gustaba era la horchata, ¡les dió igual!.

 

Tanto le llegó al corazón Valencia a Juan Pablo II quien eligió la Ciudad del Turia para reunirse con las familias del mundo entero. Estaba ya muy enfermo e intuía que quizás no podría venir pero deseaba que fuera Valencia, la ciudad que unos días, se convertiría en el epicentro del universo de la familia, esa familia que para todos debe ser la de María Dolores... “nuestra” Clavariesa. En la Ciudad de las Ciencias estará Benedicto XVI pero en el corazón de cada uno estaba Juan Pablo II. Valencia fue el encuentro con DOS Papas...Y quiero terminar festejando a la Honorable Clvariesa y en ella a todas las mujeres de las fiestas vicentinas, artesanas del amor, bálsamos de consuelo, compañeras comprensivas porque, como dijo el poeta, no hay que ganar al hombre con sonoros excesos de tambor y clarines y en el viento el redoble. Hay que entrar de puntillas, con pasos como besos por las sendas oscuras que van al corazón. Y como sé que María Dolores es una seguidora de la Madre Teresa de Calcuta y del Huracán Wotjla, el papa que ha marcado la Historia, como María Dolores, un experto en humanidad, el broche final quiero brindárselo a la muy noble y gentil Clavariesa 2009. Son dos anécdotas que tienencomo protagonistas al apóstol de la caridad, a la inolvidable Madre Teresa y la otra a Juan Pablo el Magno.

 

Yo llegué a Calcuta, a esa ciudad del infierno, acompañando a Juan Pablo II, a todos los periodistas nos impresionó esa ciudad en la que existe el hombre-caballo: un hombre famélico que tira de un cochecito con dos ruedas, el llamado rickso, que es más barato que el taxi. Corre descalzo, muchas veces se cae, desmayado porque no tiene fuerzas: tira de esa calesa en la que el hombre es... el caballo. Los taxis les impiden el paso porque no quieren que les hagan la competencia y al ser muchísimo menos caros, la gente les prefiere. Mastican continuamente una raíz roja , para disimular que escupen sangre y es que a la gente rica de Calcuta les molesta pensar que están muriendo de tisis, prefieren creer que ese rojo se debe a la ramita del árbol.

 

Es en Calcuta, donde nace la epopeya extraordinaria de Madre Teresa, esa Madre Teresa pequeñita, con aquellos ojos pícaros, con aquella mirada impresionante, profunda, esa mirada que me acuerdo que haciéndole una entrevista, la primera entrevista que le hacía a Madre Teresa cuando aún no era famosa. Cuando todavía aún no había obtenido el Nobel, era conocida en la India nada más. Me fuí a hacerle una entrevista en Roma y al cámara de TVE le expliqué quien era esa monja que había enseñado tanta caridad, que había recogido moribundos por las calles de Calcuta. Que los recogía y les daba todo el cariño, y que supieran muriendo, que alguien les había querido siempre. Que les estaba esperando en su casa de los moribundos para que al menos, cuando morían, saber que habían encontrado una palabra de amor.

 

Le dije todo esto al cámara y él no sabía porqué,mientras estábamos hablando las dos, no hacía más que planos muy cortos, siempre sobre los ojos de Madre Teresa, y yo pensaba ¿por qué Salvatore no hará un plano largo?... Cuando salimos de la entrevista me dijo “Si no le quieres poner voz no le pongas, déjale hablar a esos ojos, no he podido despegarme de ellos, ni la cámara ni yo. Estaba en torno a ellos porque me hablaban, me decían tantas cosas...”

 

Esa Madre Teresa, ya muy mayor y muy enferma, (volveré a encontrarla muchas veces), pero recuerdo, cuando nos vimos en el aeropuerto romano de Fiumicino llevando dos niños, uno en brazos y otro agarrado al sari, probablemente los habría recogido en alguna calle de Calcuta y había encontrado familias para ellos, le dije “Madre Teresa, tan mayor como ya está, tan delicada de salud (le tuvieron que dar oxígeno al bajar del avión), mira que hacerse todo un viaje con dos niños tan chicos... qué viaje le habrán dado”. Se me queda mirando y me dice “Paloma, pero qué dices, si llevo en mis manos dos pedacitos de Dios”.

 

Madre Teresa quiere morir en Calcuta pero quiere despedirse de Juan Pablo II que había ido a verla a la ciudad del infierno, a su casa de los moribundos, y consigue lo que desea. Es el día de San Pedro y está sentada en una silla de ruedas dentro de la Basílica. El papa al verla, se le acerca y la abraza. ¡No volverán a encontrarse!. De Roma regresará a Calcuta para morir. Antes de embarcarse rumbo a la India, quiso despedirse del cardenal Pío Laghi que tanto la había ayudado cuando era Nuncio en Nueva Delhi,al verla tan enferma, le dice bromeando “Madre Teresa y cuando vaya al cielo, ¿qué le va a decir San Pedro?” Y con aquella sonrisa pícara y desarmante, con aquella mirada cargada de ternura Madre Teresa le contestó “Eminencia… San Pedro, ¡San Pedro me echará una bronca!”. El cardenal se quedó sorprendido y le volvió a preguntar “¿Una bronca?¿Por qué?” “¡Porque le he llenado el Cielo de pobres!”. Al cardenal Laghi se le saltaron las lágrimas al escucharlo.

 

Pero quiero contarles una anécdota muy humana, muy bonita. Estábamos en Jerusalén, había ido al Santo Sepulcro, al Huerto de los Olivos, había seguido los pasos de Cristo, y llegó también a rendir un homenaje a las víctimas de los campos de exterminio, a Yad Wassed, el Museo del Holocausto, un lugar tétrico, terrible, con un fuego siempre ardiendo en el centro de la sala para que sea la llama de la memoria siempre encendida, siempre viva, para recordar perdonando, pero sin olvidar, para que no vuelva a repetirse jamás un crimen tan horrendo. Se escuchan en otras salas los nombres de niños, diciendo dónde habían muerto, y a qué edad y por las paredes se veían fotos escalofriantes de aquel holocausto.

 

Cuando terminó el encuentro, después del discurso del papa, evocando hasta donde puede llegar el odio del hombre contra el hombre... llamó a los lager, “Gólgotas contemporáneos”, pero habló también de la fuerza del amor, recordando a San Maximiliano Kolbe, testigo del amor de Dios en el campo de la violencia. Al terminar el encuentro, vimos a una señora de unos 50 años que se acercó al papa y le hablaba en polaco; los que estaban más cerca escucharon sobre todo unas palabras que la mujer repetía llorando y teniendo cogida la mano del Santo Padre. Sollozando le daba las gracias.

 

Cuando se marchó Juan Pablo II nos acercamos a ella para preguntarle quién era y saber la razón de tanta conmoción. Nos contó que ella era también de Cracovia y muy niña fue internada con sus padres, abuelos y su hermano en el campo de Auschwitz: eran una familia judía. Después de años, cuando liberan el campo, entre los supervivientes está solo ella, su familia había muerto en las cámaras de gas. Al recobrar la libertad la llevan con todos los deportados a Cracovia para que la Cruz Roja Internacional, en la misma estación de trenes de la ciudad, se ocupe de ellos, les reúna con los familiares en cualquier parte del mundo donde residan o ayuden a los que no tienen a nadie. La pequeña no tiene ganas de vivir y se sentó en un banco del camino a la estación cuando un hombre joven que pasa por allí, al verla, se le acerca. No necesita preguntarle de donde viene, basta verla. Le preguntapor qué no ha ido al puesto de la Cruz Roja. La chiquilla le contesta que no tiene a nadie, ni deseos de vivir. Le dice que han matado a sus padres, a su hermano, a su abuelo... ¿para qué seguir viviendo?...

 

Aquel hombre empieza a hablarle y le pregunta con dulzura su nombre. La pequeña le responde con el número, ese número grabado con fuego en su brazo que durante años ha sido su nombre. “¡No, tu nombre, dime tu nombre, el número ya no existe más!”. Y entonces la niña le dice que se llama Edith, “¡Me llamo Edith!”. Y entonces aquel desconocido le empieza a decir “Edith, ¡tienes que vivir por ellos!, ellos querrían que tú vivieses, porque en tí viven ellos... Tienes que luchar, demostrarles tu amor, a través de tu vivir!”. Se deja convencer y juntos se acercan a la estación, al puesto de la Cruz Roja Internacional. Al despedirse, el joven le recuerda “Edith, no te olvides... Tienes que vivir por ellos”. La niña reacciona y antes de decirle adiós le pregunta “¿Y tú cómo te llamas?”.

 

“¿Yo?... Karol, Karol Wotjla”. No se volverán a encontrar. La niña irá a Israel, a la ciudad de Haffa. Tantos años después, en el viaje de Juan Pablo II a Israel, pedirá al gobierno de Tel Aviv que le dejen acercarse al papa para decirle “Soy Edith... ¡y he vivido por ellos!”.

 

Con estas dos anécdotas dedicadas especialmente a María Dolores pero estoy segura a todos ustedes les habrán gustado, me despido, deseándoles unas maravillosas fiestas vicentinas y pido la Venia de nuestra “Onorevole” como dirían los italianos, Clavariesa para levantar mi voz y decir: ¡Vixca la Mare de Deu dels Desamparats!¡Viva San Vicente Ferrer! y ¡Honor y Gloria a la Clavariesa Dolores Asensi!.

 

Muchas Gracias.