Asunción Palop Grau, Honorable Clavariesa 2010

ASUNCIÓN

PALOP GRAU

Honorable Clavariesa 2010

 

Discurso pronunciado

por Juan Luis de la Rúa Moreno,

con motivo de la Exaltación de la

Honorable Clavariesa de las Fiestas Vicentinas

2010

Con vuestra venia Honorable Clavariesa.

Querida Asunción.

Excmas. e Ilmas. Autoridades.

Junta Central Vicentina.

Vicentinos todos.

Señoras y Señores.

 

Desde que ingresé en la Carrera Judicial, hace ya bastantes años, he venido escuchando, con una cierta reiteración, que los Jueces, llamados a resolver los conflictos intersubjetivos de los ciudadanos, quizás como un recurso de autoprotección, nos instalamos en un mundo propio y singular, dominado por la idea obsesiva de hacer eficaz la actuación del ordenamiento normativo, lo que nos provoca un acusado alejamiento de la realidad social, de la misma problemática ciudadana sobre la que paradójicamente tenemos que pronunciarnos. No creo que sea cierta esta observación que se formula con criterios de generalidad.

 

Pero de serlo, he de expresar que en mi dilatada actuación siempre he manifestado una decidida voluntad, un continuado propósito de desvirtuar tal consideración, buscando intencionadamente compartir mi discurrir vivencial con el componente social en que me ha tocado desenvolverme.

 

No es de extrañar, pues, que de entrada manifieste mi identificación con el aliento vicentino que, de manera palpable y evidente, se respira en esta bendita ciudad de Valencia.

 

Desde tal premisa quiero hacer público, en este inicio, mi más expresivo agradecimiento a Asunción, nuestra Honorable Clavariesa, por haberme otorgado, yo diría, que el privilegio de asumir esta función de mantenedor en el acto más significativo en que venimos todos a proclamaría como el supremo valor de referencia del espíritu vicentino durante el año 2010.

 

Agradecimiento que quiero expresar con total plenitud pues, además de permitirme rendir tributo a nuestra amistad, me ha facultado para que, ya en una tercera ocasión, me vea compelido a profundizar de nuevo en la compleja y rica personalidad de nuestro Santo, San Vicente, así como en el análisis de su obra doctrinal, siempre, por su riqueza, descubriendo nuevas facetas sobre las que reflexionar.

 

En éstas me hallaba, planteándome, en concreto, la virtualidad de su presencia en el momento actual, pese a los significativos cambios estructurales habidos en el devenir histórico de la sociedad, cuando leo, con gran satisfacción, un artículo de opinión, publicado en el periódico Las Provincias del día 11 de enero pasado, suscrito por D. Ignacio Carrau Leonarte y titulado “San Vicente Ferrer y la Universidad (1410-2010)”, que no viene sino a corroborar mi propia conclusión. En efecto, aludiendo, de un lado, a la fundación del Colegio de los Niños Huérfanos de San Vicente, y de otra parte y fundamentalmente a la decisiva intervención del Santo para la creación del “Estudi General de Valencia”, base de la Universidad Valenciana, además de interesar su nombramiento como Doctor Honoris Causa de la misma, señala expresamente en la introducción de su trabajo <como escribió Sanchis Sivera “San Vicente Ferrer es la figura más grande de su siglo” -y añade a continuación- pero no sólo por sus milagros y por su prodigiosa predicación evangelizadora por Europa. Hay muchos aspectos de su portentosa personalidad que perduran a través de los siglos. No hay año sin que debamos conmemorar de una manera especial algún hecho decisivo de su vida, con lo que a San Vicente hay que configurarlo como un Santo de permanente actualidad>.

 

De permanente actualidad. Totalmente de acuerdo, e incluso llegaría a más. Es precisamente en los momentos históricos en que se evidencia una intensa secularización poniendo en tela de juicio la natural y trascendente tendencia espiritual y religiosa del hombre, como se constata en la sociedad actual dominada por el imperio del relativismo y la proyección hacia el agnosticismo, cuando de una manera más elocuente se percibe el efecto de quienes, siguiendo a Cristo, han venido a constituirse en un modelo de referencia constante por representar los valores que devienen connaturales a la esencia misma del hombre.

 

Ahí está San Vicente pidiéndonos, también hoy, nuestra renovación.

 

A él tampoco le tocó una época fácil. Hubo de proyectarse en un momento histórico caracterizado por unas enormes contradicciones tanto de orden social y cultural como de orden político y hasta religioso.

 

Cabe recordar a tal efecto, toda la problemática relativa a la difícil integración de culturas tan distintas como las representadas por el conglomerado de cristianos, judíos y moros. El ambiente social presentaba, sin duda, síntomas de crispación y recelo mutuo y recíproco entre los habitantes de estas tierras.

 

También en el ámbito del mundo europeo se vislumbraba continuas tensiones y hasta guerras entre los distintos estados, con repercusión en los diferentes reinos españoles y hasta en la propia actuación de la Iglesia católica.

 

San Vicente, desde su condición religiosa y con una excelente preparación científica, sociológica y teológica, hubo de implicarse, como no podía ser de otra manera, en ese entorno social procurando aportar aquellas soluciones más convenientes para lograr la pacificación de las contiendas y el entendimiento entre los hombres.

 

Desde esta postura, como hitos que conforman sustancialmente el testimonio de su vida, no es de extrañar la vasta extensión territorial que alcanzó su predicación procurando siempre la conversión del hombre así como su decisiva intervención en asuntos tan relevantes, de tan singular trascendencia, como la determinación del sucesor en la Corona de Aragón en el denominado Compromiso de Caspe, así como en el singular contencioso en que se vio envuelta la Iglesia, sujeta a divergentes tensiones incluso de signo político, en orden a la designación papal a consecuencia del llamado Cisma de Occidente, en cuya solución, en aras del interés superior de solventar la difícil situación creada con la presencia de hasta tres Papas, se atuvo al mejor criterio, aún en contra de lo que particularmente le hubiese gustado.

 

Pues bien, toda su fructífera actuación vino presidida por un principio fundamental, su inquebrantable fe en la providencia divina, en Dios como sumo hacedor que muestra al hombre, como Cristo se autodefinió, el Camino, la Verdad y la Vida.

 

La fortaleza de su convicción, acrecentada hasta términos absolutos, como refiere el propio San Vicente, a raíz de la visión que tuvo, cuando se encontraba gravemente enfermo en Avignon, en que afirma habérsele aparecido Jesús junto con Santo Domingo y San Francisco, le hizo asumir, como misión fundamental de su vida terrena, el anuncio de Cristo como único camino del hombre para realizarse en su plenitud y gozar de la salvación anunciada a través de su resurrección.

 

Por ello bajo la máxima de que “por la predicación se llega al conocimiento de Dios”, no cesa hasta el mismo momento de su muerte de transmitir el mensaje evangélico, que llega a calar entre las gentes no sólo en España sino también en Europa, aún con las dificultades de desplazamiento territorial, dadas las limitaciones de las comunicaciones e incluso de la utilización idiomática cuando de ordinario se expresaba en su dulce lengua valenciana. Prueba de ello es la impronta que fue dejando en múltiples ciudades en donde hoy día se sigue conmemorando su paso por ellas.

 

Con seguridad que el entendimiento de su predicación encontraba su germen en el mismo testimonio de su vida. Era capaz, desde la fe y desde su amor a Dios, de transmitir esa sensibilidad que provoca un efecto atractivo, como una especie de llamada para que la gente fuera a escucharle. Por eso llegó a adquirir una gran repercusión.

 

¿Cómo no iba a entenderle la “bona gent” que le escuchaba si su enseñanza postulaba, como principio básico, que sólo desde la vinculación del hombre para con Dios se obtenía su conversación, y, por ende, su resurgir en toda su potencialidad?

 

¿Cómo no iban a apreciar que desde el conocimiento de Dios se promueve consustancialmente la dignidad humana, lo que significa, como patrón de vida, hacer el bien, ayudar al prójimo, la solidaridad, la capacidad del arrepentimiento y del perdón?

 

¿Cómo no iban a captar, desde la secuencia doctrinal de Cristo, que la convivencia social, la relación entre los hombres había de sustentarse en la idea de la justicia, que por suponer vivir honestamente, conlleva no dañar ni perjudicar al prójimo y reconocer los derechos que a cada uno le corresponden?

 

¿Cómo no iban a asumir que la infancia había de ser especialmente atendida y protegida en el seno de la familia, por ser ésta el sustento en que se apoya la misma convivencia y el desarrollo de la sociedad?

 

¿Cómo no iban a admitir que, en todo caso, los niños no podían quedar desamparados y, por lo tanto, se imponía su acogimiento a través de instituciones sociales?

 

En fin, ¿cómo no iban a valorar que el hombre está llamado a una implicación en la solución de los problemas derivados del entorno social en el que ha de procurar su vida?

 

Ciertamente que con estos postulados que delimitan los ejes constructores de una comunidad cristiana, regida por la presencia de Dios como creador del hombre a su imagen y semejanza, adquiere manifiesto significado que a San Vicente se le haya llegado a catalogar como han expresado algunos autores, “Apóstol de la Paz”. La paz como sujeción a un orden natural diseñado por Dios y afectante a todas las posibles dimensiones de la actuación humana. En definitiva, me atrevería a definirle como el apóstol provocador de la conversión y renovación del hombre desde la efectividad de la presencia de Dios en el entramado social. Lo que se inscribe en la misión que la Iglesia ha venido y viene manifestando a lo largo de los siglos con independencia de los avatares históricos por los que ha discurrido y discurre la evolución de la sociedad.

 

La consecuencia directa de la doctrina vicentina, basada en el testimonio de la vida de Cristo, no puede ser otra que su vehemente e intensa actualidad. De permanente actualidad.

 

Tan es así que es en tal condicionante donde adquiere significación, por identificarse con su esencia, las Fiestas Vicentinas que, con un arraigo bastante más allá del centenario y con una penetración cada día más amplia en el componente social valenciano, año tras año a través de su Junta Central y de las diversas Asociaciones o Altares se comprometen, tanto personal como de manera colectiva, rememorar públicamente los valores cristianos que con su vida ejemplar nos transmitió San Vicente.

 

Precisamente por centrarse en esta específica connotación altruista de resaltar el espíritu vicentino es por lo que cada vez con mayor rigor, y por mucho que se secularice el ambiente social, muestran su pervivencia, su actualidad y su fortaleza las Fiestas Vicentinas, pues, en definitiva, no se trata sólo de una tradición sino que tienen alma propia al asentarse en el principio inmutable de la proyección del hombre hacia Dios, que es tanto como proclamar, una vez tras otra, la estricta realidad de la condición humana.

 

Todo ello viene a suponer una actitud que se adopta conscientemente. No responde a una simple inercia.

 

¡Éstos son los vicentinos!

 

¡Ahí están los vicentinos!

 

Los vicentinos que propugnan, sin duda alguna, vivir acorde con el mensaje legado por San Vicente como exponente de la más ferviente imitación y que tienen a gala residenciar el paradigma de su más alta representación en su Honorable Clavariesa.

 

En el año 2010, en ti, Asunción, porque han captado que eres una mujer que siente una profunda pasión por emular a San Vicente. Y no se equivocan. Uno de los rasgos más elocuentes de tu personalidad reside, precisamente, en tu propósito de recuperación continuada del sentido cristiano de la vida a través de la encomienda a San Vicente.

 

Soy testigo fehaciente de tal afirmación, y no sólo porque así lo hayas declarado públicamente, junto con tu esposo Fernando, en diversas ocasiones al pronunciar, sin ambages de tipo alguno, que San Vicente es para vosotros, un modelo de vida, sino porque quienes hemos tenido la suerte de conocerte de cerca hemos podido comprobar la certeza y veracidad de ese pronunciamiento.

 

Quizás sea una casualidad pero se infiere ciertamente significativa. Recuerdo que en la primera ocasión en que pude departir contigo a raíz de haber sido presentados, en el curso de una distendida conversación me expresaste, sin duda alguna influenciada por la satisfacción que te suponía, que hacía unos días que habías entronizado en tu casa la imagen de San Vicente, lo que te permitía tener de cerca la fuente propiciatoria del encuentro con Él.

 

Más no se puede pedir. Vicentina hasta las últimas consecuencias.

 

Fruto manifiesto de una formación asentada en los valores que emanaban de la predicación de San Vicente, que de forma intensa compartes con Fernando y con tu hijo, también vicentinos de pro, y que continuamente actualizas en tu singladura vital. Eres consciente de que lo bello, lo bueno y lo verdadero en la vida se nutre, partiendo de una fecunda interioridad, del deseo de ajustarse a los patrones de la cultura de la luz que siembra el espíritu vicentino.

 

Acorde con ello, con una sencillez y una delicadeza casi imperceptibles muestras tu desvelo y, por qué no, tu esfuerzo por mantener permanente, enriqueciéndolo día a día, ese aliento que preside toda tu actuación. En tu hogar, cuya base sustentas, en tu puesto de trabajo -de significativa repercusión laboral y humana-, en tus relaciones sociales, en las entidades a las que perteneces, -quiero expresamente recordar a la Asociación de la Pila Bautismal y a tu falla, la de la Plaza del Mercado-, en todas tus facetas, siempre transmites ese sentir que conecta con los principios de la doctrina vicentina. Estás plenamente interesada porque las ideas de la justicia y de la rectitud, del amor, del sacrificio y de la renuncia, del perdón y de la paz se constituyan en los faros que iluminen la convivencia social que de esta forma adquiere su fundamento en el valor intrínseco de la dignidad humana.

 

San Vicente. Ahí está San Vicente.

 

Y aún todavía más, pues tu manera de actuar y de manifestarte siempre aparece acompañada de tu connatural valencianía. Por cierto, también santo y seña de San Vicente.

 

Por ello, no cabe duda de que eres del mismo modo prototipo de la forma de ser de este pueblo. De este pueblo valenciano que con generosidad, desprendimiento y una gran dosis de trabajo e imaginación, bajo el patronazgo de San Vicente, genera un constante e integrante dinamismo social del más digno encomio. En este aspecto ¿cómo no resaltar tu apasionamiento por todas las cosas de esta tierra? ¡Sí, también es otro rasgo típico de tus cualidades el acendrado amor a Valencia, a sus gentes, a su cultura, a sus tradiciones...!

 

¡Qué mayor reflejo si ya eres la Honorable Clavariesa de 2010 de sus genuinas Fiestas Vicentinas!

 

¡Cómo no entender en este momento tu emoción, la emoción que estás experimentando cuando acabas de ver cumplida una de tus más anheladas ilusiones que enraíza directamente con tu sentimiento de valenciana vicentina!

 

Asun, puedes sentirte satisfecha y orgullosa pues esta proclamación, esa Medalla que se te ha impuesto, es el logro de un reconocimiento general a tu amplia estela vicentina. Es una expresión de agradecimiento y de admiración por portar la bandera y la sensibilidad vicentina como símbolos de tu proceder habitual.

 

Ésta es hoy tu gloria. El tributo que se te rinde porque con tu buen hacer, siempre dominado por esa hermosa y perenne sonrisa que resplandece en tu rostro, con esa actitud dulce que continuadamente destilas, con tu entrega y disposición hacia los demás, con tu comprensión de las inquietudes de los que te rodean, te has sabido granjear la afectividad, el respeto y el cariño de todo el mundo vicentino, que es tanto como decir del pueblo valenciano.

 

Por eso, con esa Medalla que acabas de recibir se te ha otorgado la más alta representación del sentimiento vicentino. A ti te va a competir durante este año, yo diría, no que la responsable sino la agradable y atractiva misión de proclamar por todas partes que San Vicente sigue estando presente entre nosotros; que el alma vicentina, que se deriva de su ejemplar testimonio, permanece latente como guía y patrón de nuestras vidas, de la forma de ser y del actuar valenciano.

 

Estoy convencido de que lo vas a hacer con la mayor dignidad, pues para ti se trata sólo de proyectar hacia el exterior el intenso fervor que anidas en tu corazón. Así de sencillo. Con tu singular naturalidad y con la inmensa ilusión con que asumes el cargo de Honorable Clavariesa vas a conseguir que todos nos sintamos felices, como ya lo estamos, en este momento, compartiendo tu misma felicidad.

 

Por ello, he de terminar transmitiéndote, en nombre de todos los vicentinos, de todos los valencianos, la más cordial y expresiva felicitación a ti y a tu familia, la que he de hacer extensiva también a la Junta Central Vicentina por el acierto de la designación.

 

El enaltecimiento de la vida, obra y ejemplo de San Vicente, un año más, ha comenzado, en este caso, con la Honorable Clavariesa Asunción Palop Grau.

 

Muchas gracias.