Carmen Lapuente Pla, Honorable Clavariesa 2013

CARMEN

LAPUENTE PLA

Honorable Clavariesa 2013

 

Discurso pronunciado

por Fernando de Rosa Torner,

con motivo de la Exaltación de la

Honorable Clavariesa de las Fiestas Vicentinas

2013

Con vuestra venia Honorable Clavariesa, Ilma. Sra. Doña Carmen Lapuente:

Excmo. Sr. D. Jerónimo de Gregorio Monmeneu, General de Brigada Jefe del Estado Mayor Nacional

Ilmo. Sr. D. Francisco Lledó Aucejo, Presidente de la Junta Central Vicentina.

Reverendo Don Álvaro Almenar Picallo, Secretario Particular del Arzobispo de Valencia.

Excmas. e Ilmas. Autoridades civiles y militares.

Miembros de la Junta Central Vicentina

Honorables Clavariesas

Presidentes de los altares y cofradías

Presidenta de la Asociación de Damas de San Vicente Ferrer

Clavarios Mayores, infantiles y reina.

Vicentinos todos.

 

 

Permítanme, en primer lugar, que agradezca al Presidente y miembros de la Junta Central Vicentina, así como a Carmen Lapuente, Honorable Clavariesa de las Fiestas Vicentinas de 2013, la oportunidad que me han brindado de asumir la función de mantenedor de este acto tan significativo que sirve como punto de unión para todos aquellos que creemos firmemente en San Vicente.

 

¿Y saben por qué? Porque cada año a través de la familia vicentina se recuerda  su figura y se sigue manifestando nuestra fe y admiración más profunda por su vida y por su fiesta, compartiendo experiencias y construyendo, día a día, fuertes lazos de amistad, respeto y cariño que se van fortaleciendo a través del tiempo.

 

En consecuencia, los que tenemos la suerte de formar parte de este mundo también tenemos la obligación de ser sus mensajeros para así mantener la fe y transmitir el legado que Él nos dejó.

 

Legado que se caracterizó por su incesante apostolado, acompañado de una incansable intervención en los grandes acontecimientos políticos y sociales de la época.

 

Y sus aportaciones, siempre decisivas y pacificadoras, fueron realizadas desde un extraordinario sentido de la justicia, de la unidad y de la paz.

 

Por ello, ser vicentino no es una mera condición social, sino un modo de vida; una vida de servicio, de apostolado y comprometida con los problemas de una sociedad en la que pocas situaciones son novedosas.

 

En consecuencia, los creyentes en Dios y en San Vicente debemos ser claros en lo que queremos, siendo jueces de nuestra verdad y actuando acorde con ello. Y para eso es indispensable tener, o regirnos, por un código ético y moral preferiblemente personal, dejando las masas a un lado, olvidando lo que es socialmente “aceptable” para seguir lo que para nosotros es correcto.

 

Todo ello, con la esperanza que nos hace creer que, por encima de todo, está la fuerza de la fe, que nos asegura que aquello que se hace, por pequeño que sea, para mantener y conservar las creencias, no se puede perder porque Dios no quiere que eso ocurra. Y siempre teniendo en cuenta que San Vicente es nuestro modelo y nosotros somos su voz.

 

Voz que debe transmitir y enseñar que la figura de nuestro patrón fue relevante en su época y que todavía hoy lo sigue siendo ya que sus enseñanzas, sus milagros y los lugares en los que vivió y predicó siguen presentes en nuestra cultura.

 

Y, de esta forma, los vicentinos somos perfectamente conscientes de lo importante que es trasladar su historia a las nuevas generaciones para que, de esa forma, ese legado del que hablaba con anterioridad, no se pierda y puedan así alcanzar a comprender y a valorar la figura de nuestro Patrón como modelo cristiano.

 

Recordando su figura es evidente que San Vicente fue un santo de personalidad muy acusada y, al mismo tiempo, muy diversa, destacando tanto en su vida cotidiana como en la religiosa.

 

Y, como he dicho, fue relevante en su época, como lo sería, sin lugar a dudas, si hubiese vivido en la actualidad.

 

Así, a pesar del mundo en guerra que le tocó vivir, fue mensajero de paz y gran defensor de la no violencia, predicando la concordia y la unión allá donde se encontraba.

 

Y, en la actualidad, también estamos atravesando momentos difíciles, tiempos de crisis donde las convulsiones y los conflictos encuentran su mejor escenario.

 

Y es en estas circunstancias cuando más se necesita la presencia de grandes hombres como él o, cuanto menos, contar con sus enseñanzas y ser conscientes de que la sociedad debe recuperar el valor de las ideas y de los principios éticos, los valores que la hacen fuerte, los valores con mayúscula.

Y la Justicia, la Paz, la Solidaridad y la Familia, son algunos de estos valores.

 

Por ello, nos recordaría lo que siempre proclamaba antaño: “Hay que entrenar la mente y el espíritu para saber vivir en paz en medio de las tempestades del mundo” y nos pediría que todos juntos lo pusiéramos en práctica.

 

Por otra parte, su valencianía no le impidió tener una visión de unidad nacional y supo ver más allá de la superficial división política. Por eso, también fue un gran español, porque quiso contribuir políticamente a la construcción de nuestro Estado, sentando las bases de lo que hoy se quiere para España, una España con instituciones sólidas, democráticas y plurales desde la unidad.

Por ello San Vicente, como gran orador y comunicador que fue, y haciendo gala de ese gran sentido de la justicia y de la unidad, que con anterioridad mencionaba, tendría claro que lo más importante es contar con una España común, fuerte y unida. Y es que como dijo Eugenio d’Ors, escritor, ensayista, periodista y filósofo, San Vicente Ferrer buscaba y quería la unidad de España.

 

Por otra parte, fue también un teólogo muy activo que destacó en la cátedra y en los escritos, dejando buena constancia de esta cualidad en sus sermones, donde tuvo buen cuidado de elegir temas de actualidad, lo que nos viene a demostrar que no era un intelectual desconectado de la realidad en la que vivía.

 

Y ese sólido bagaje teológico lo adquirió mediante una profunda preparación que se prolongó durante once años, y en la que se consagró como un gran conocedor de la figura y enseñanzas de Santo Tomás.

 

Por ello si estuviera con nosotros en la actualidad, en esta época que vivimos, donde la familia ya no ocupa un lugar preferente en nuestra sociedad, y donde la falta de tiempo y de diálogo puede conducir a una pérdida de normas y de creencias, tendría claro que era el momento de predicar la fe e inculcar valores.

 

Y así con su voz sonora, poderosa y  llena de agradables matices y modulaciones; con su pronunciación sumamente cuidadosa; con un lenguaje vivo, popular, rico en ejemplos, de intensidad persuasiva y plasticidad y habilidad oratoria, proclamaría que el creyente alcanza la certeza absoluta de la fe cuando al fundamento racional se une la experiencia interior del espíritu.

 

Además, es cierto que el siglo XXI ha traído consigo una atmósfera de crisis de fe, de valores, de tradición y de costumbres.

 

Crisis que ha generado falta de seguridad de certezas en la búsqueda de ideales y de espíritu de sacrificio.

 

Y todo ello San Vicente lo rebatiría mostrando al mundo el don más extraordinario que puede recibir el ser humano: el don de la fe, y haría suya la frase de Juan Pablo II cuando afirmaba: “Sin fe no hay auténtica teología”.

 

Por ello, por su importancia, permítanme que me extienda en este punto.

 

Es cierto que la fe tiene que pasar por el descubrimiento y la aceptación de Jesús como anunciador de Dios. Creer no es solo una confianza, sino que tiene también un contenido.

Y bajo estas premisas y, en estos momentos, en que esta próxima la fecha en que Benedicto XVI abandonará su Pontificado, quiero recordar sus palabras sobre la fe cristiana, cuando afirmaba “que ésta no es un puro sentimiento que podría aislarnos de los demás y del mundo; antes al contrario, es el único camino para encontrar y comunicar la vida”.

 

La Carta apostólica “Porta fidei”, del Sumo Pontífice mediante la que se convocaba el Año de la Fe, que comenzó el 11 de octubre de 2012, en el cincuenta aniversario de la apertura del Concilio Vaticano II y terminará en la solemnidad de Jesucristo, Rey del Universo, el 24 de noviembre de 2013, es una invitación a vivir la fe, conocer sus contenidos y comunicarla a otros, como puerta y camino hacia la vida en plenitud.

 

En ella Benedicto XVI señala, entre otras afirmaciones, que “es el amor de Cristo el que llena nuestros corazones y nos impulsa a evangelizar. Hoy como ayer, Él nos envía por los caminos del mundo para proclamar su Evangelio a todos los pueblos de la tierra. La fe, en efecto, crece cuando se vive como experiencia de un amor que se recibe y se comunica como experiencia de gracia y gozo”.

 

Y, como no, esa fue también la doctrina  que incansablemente proclamó en su época San Vicente y así hemos de continuar los cristianos como mensajeros de Jesús.

 

Y es que, sin duda alguna, el cristiano debe vivir de la fe, ya que es lo que da sentido a ese precioso regalo que es la vida.

 

Pero también es cierto que comprender el sentido del dolor y del sufrimiento humano es uno de los desafíos más complejos de la fe, y así lo señalaba John Stoff, importante pensador cristiano.

 

Y es que nadie pone en duda que, cuando a lo largo de nuestra existencia nos van ocurriendo situaciones que generan dolor, la fe puede sentirse amenazada ante la dificultad de entender y abordar las crudas realidades de nuestra existencia.

 

Pero, no es menos cierto, que Dios nos da a los creyentes suficiente información para ayudarnos a confiar en Él incluso en los malos momentos y, por ello, quien quiere ser un verdadero discípulo de Cristo debe aprender a asumir con valor su tristeza y su dolor, como hizo Jesús.

 

Nadie dice que sea fácil pero la fe ayuda a soportar los peores momentos de nuestra vida, aunque no siempre lo acertemos a percibir de esa manera.

 

Continuando con las características  de la figura de nuestro Santo Patrón, es cierto que San Vicente en su peregrinar, dejó claro que la justicia de Dios es ética, equidad y honestidad y que no existe sin misericordia.

 

La Justicia es la voluntad constante de dar a cada uno lo que es suyo, como referente de rectitud que gobierna la conducta y nos dirige a respetar los derechos de los demás.

 

Por esa razón, la defensa que San Vicente hacía de los desamparados, de los marginados sociales y de los más débiles, no debe ser ya considerada en nuestro tiempo como una obra social, sino como una obligación de personas hacia otras personas.

 

Por ello, si se encontrara entre nosotros nos recordaría que deberíamos poner en práctica lo que siempre defendió cuando afirmaba:

 

“La pobreza y el sufrimiento no están para que los entendamos, sino para que los resolvamos.”

 

O también cuando sostenía que: “La acción buena nos hace felices. La mala nos destruye.

 

 O cuando añadía: “Ninguna acción buena se pierde en este mundo. En algún lugar quedará para siempre”

 

Pero, al mismo tiempo intentaría, con esa fuerza interior que le caracterizaba, transmitir ese mensaje a los pequeños, de generación en generación, educándolos en el respeto, la solidaridad, la paz y la justicia.

 

Sin embargo, creo que no sería lógico describir exclusivamente a un San Vicente predicador, sino que igual de importante es dedicar unas palabras a su figura desde un punto de vista puramente humano.

 

Y, bajo ese prisma, es indudable que era un gran voluntarioso, con enormes aptitudes intelectuales.

 

Pero lo realmente extraordinario en su personalidad humana es, sin duda, que la hipersensibilidad de su espíritu y el profundo apasionamiento de su carácter están equilibrados siempre por la tenacidad de fines, la lucidez de inteligencia, la serenidad de juicio y la ponderación de su conducta.

 

San Vicente poseía una perfección de carácter que, sin restar méritos a la persona humana, bien puede verse en ella la milagrosa asistencia de Dios.

 

Y es que para comprender al hombre no se puede prescindir del santo.

 

Un santo milagroso cuyo culto se ha extendido y persiste por el mundo, con una profunda religiosidad que se fue formando durante su juventud en el seno de una familia sólidamente cristiana y en las famosas escuelas de la gran Orden Dominicana.

 

Pero también con una clara devoción a la Virgen que se deja entrever en sus sermones, que son un arsenal de honda piedad y de una sólida doctrina mariana.

Y, al igual que el Santo, Carmen Lapuente, nuestra Honorable Clavariesa de este año, tiene una gran devoción a la Virgen y, por supuesto a San Vicente, que ha sido, es y será un referente en su vida; vida que siempre ha girado en torno a la FE.

 

Y todo ello lo corrobora su vinculación a las fiestas vicentinas desde hace más de 10 años, haber sido Clavariesa Mayor del Altar del Mercat en el año 2011 y Clavariesa de la Virgen de los Desamparados de Patraix.

 

En consecuencia, a nadie nos debe extrañar que hoy nos encontremos en este precioso recinto del antiguo Convento de los Dominicos en Valencia, donde San Vicente Ferrer fue profesor y Prior en el siglo XV, recordando su figura en la exaltación de Carmen como Honorable Clavariesa, distinción que recibe, sin duda alguna, por méritos propios indiscutibles.

 

A nivel personal, esta valenciana que siempre ejerce como tal, ha sabido compaginar perfectamente familia y trabajo.

 

Y ha sido así porque tanto Carmen como Juan, su marido, han tenido claro que dentro de la familia se forjan los valores y principios que deben acompañarles a lo largo de sus  vidas.

 

   Pero también tuvieron claro que el amor es un camino que se debe recorrer despacio, disfrutando día a día y paso a paso.

Dios quiso que se conocieran, y seguro que están  agradecidos por el regalo que les hizo.

 

Por ello, Carmen, la vida familiar, el amor de pareja, siempre con la fe por bandera, como se la inculcaron sus padres a San Vicente desde pequeño, con una fervorosa devoción hacia Jesucristo y la Virgen María, han sido y serán tus señas de identidad.

 

Como también lo ha sido el amor a tus 4 hijos y a tus 3 nietos, que dentro de poco tiempo se verá ampliado con el nacimiento del primer bebé de tu hija Amparo; todo ello, un precioso legado y un ejemplo a seguir de familia cristiana.

 

Pero, es cierto que el crear tu propio hogar no ha impedido que sigas siendo el punto de unión con tus hermanos.

 

Esos hermanos, algunos muy pequeños, que por circunstancias de la vida, tuviste que cuidar con apenas 17 años.  Tu calidad humana ha hecho posible que sigáis siendo una gran familia y que siempre te recuerden junto a ellos.

 

Aunque también te has ganado con creces que el mundo vicentino te admire por ser tú misma, una mujer auténtica, de gran personalidad y fiel a su forma de entender la vida, actuando siempre según te dicta tu corazón y tu conciencia.

 

Por ello, que decir tiene que todos los miembros del Altar del Mercat, al cual perteneces y te conocen muy bien, te dan las gracias por tu buen hacer, tu generosidad, tu fe y tu valía.

 

Valía, que heredaste de tu abuela Josefina Tallada, tal y como lo plasmó el escritor y poeta más importante de la Renaixença valenciana, Teodoro Llorente, en la poesía que le dedicó siendo niña y que finalizaba diciendo:

 

“Que la goces muchos años,

Que la goces muy cumplida

Es lo que quiere este viejo

Que contigo simpatiza,

Porque hace ya largo tiempo

vio lo mucho que valías.

 

Pero también tu fe; esa fe que te va a permitir sentirte mensajera de la palabra de San Vicente a lo largo de este año en el que tienes el privilegio, como honorable Clavariesa, de poder ensalzar su figura pregonando sus virtudes que, sin lugar a dudas, eran y son símbolo de esperanza.

 

Sin embargo, todo ello no te va a impedir que continúes siendo esa mujer alegre, de sonrisa cautivadora y contagiosa, enamorada de tu trabajo (haciendo gala del día que naciste: un 8 de marzo, día de la mujer trabajadora!), dispuesta siempre a abrir las puertas de tu casa a todo el mundo, haciéndoles sentir que tu hogar es el de ellos.

 

Basta mirarte para comprobar que esta es una noche tan especial para ti, como lo fue la de tu nombramiento. Por ello, te deseo de todo corazón que disfrutes como te mereces de esta fiesta tan nuestra y, por supuesto, tan tuya.

 

Sé que serás muy feliz siendo, como dije, embajadora de la figura de San Vicente, de sus enseñanzas y de su fe.

 

Estoy convencido que disfrutaras y aprenderás en compañía los miembros de los diferentes altares, con los que compartirás momentos entrañables llenos de historia.

 

Y es que cada altar te va a impregnar con su característica propia, pero percibirás que todos tienen cualidades comunes: la extraordinaria labor que desarrollan, la perseverancia en conservar las tradiciones, el ejemplo de fe y constancia y el esfuerzo que realizan para que la llama del recuerdo de nuestro querido Maestro no se extinga y se transmita de generación en generación.

 

Por ello, siempre recordarás con ternura:

 

Al Altar de San Vicent del Tossal, con 400 años de historia,

 

Al Altar de San Vicent de la Pila Bautismal con sede en la Iglesia de San Esteban, donde se encuentra la Pila de Bautismo del Santo.

 

Al Altar de San Vicent del Carmen, donde la imagen del santo tiene una espectacular forma de subir a su nicho, dando la apariencia de que sobrevuela las cabezas de los asistentes.

 

Al Altar de Sant Vicent de Russafa, que fue el primero que acudió a ofrendar flores a San Vicente la mañana de su festividad.

 

Al Altar de Sant Vicent del Pilar, a quien Alfonso XII le otorgó el título de “Real”.

 

Al Altar de Sant Vicent del Mar, fundado en 1561 e íntimamente ligado al Colegio Imperial de Niños Huérfanos de San Vicente

 

Al Altar de Sant Vicent del Mercat Colón, fundado en 2008 lo que demuestra que sigue viva la ilusión por nuestro Patrón.

 

Al Altar de Sant Vicent del Mocadoret, que  tiene su origen en un milagro atribuido a San Vicente en 1385 cuando estaba predicando en la plaza del mercado.

 

Al Altar de Sant Vicent del Ángel Custodi que presenta el miracle en la octava del santo.

 

Al altar de Sant Vicent de la Playa,  de gran tradición en la festividad de la Semana Santa Marinera y Sant Vicent.

 

Al altar de los niños de la calle de San Vicente, que cuenta con más de 380 años de historia y quizás sea la que más socios aporta.

 

Y, al altar de Sant Vicent del Mercat,  tu querido altar, en el que todos unidos formáis una gran familia, tomando como referente el legado vicentino.

 

Pero también guardarás un precioso  recuerdo de los altares de Sant Vicent de Ribarroja, Mislata, Xirivella, La Cañada, Lliria y Meliana, y comprobarás la magnífica labor que desarrollan y su buen hacer para mantener pervivencias del teatro religioso popular.

 

Termino con la convicción de que siempre, en cualquier momento y lugar, será importante recordar la actuación ingente, milagrosa y sobrenatural de San Vicente Ferrer, quien seguro que hubiera hecho suya la frase de Pablo VI:

 “Si quieres la paz, lucha por la justicia”, invitándonos a no olvidarlo.

 

Deseo de corazón que todos los vicentinos disfrutemos de esta maravillosa fiesta y que, generación tras generación, orgullosos de ser valencianos y amantes de nuestras tradiciones, las calles de Valencia vibren con la festividad de San Vicente.

 

Por ello, qué mejor que finalizar mi intervención con una oración a nuestro querido patrón:

 

“Amantísimo Padre y Protector mío, San Vicente Ferrer! Alcánzame una fe viva y sincera para valorar debidamente las cosas divinas, rectitud y pureza de costumbres como la que tú predicabas, y caridad ardiente para amar a Dios y al prójimo.

 

Tú, que nunca dejaste sin consuelo a los que confían en ti, no me olvides en mis tribulaciones. Dame la salud del alma y la salud del cuerpo. Remedia todos mis males. Y dame la perseverancia en el bien para que pueda acompañarte en la gloria por toda la eternidad. Amén.”

 

Gracias a todos por escucharme y buenas noches.

 

Vixca València!

 

¡Vixca Sant Vicent Ferrer!

 

 

MUCHAS GRACIAS.